[Del baúl] El padre: Viaje al comienzo del fin

Cuando se estrenó originalmente –el año 2018 en el Teatro UC-, se anunció en los medios de comunicación que una actriz nacional de dilatada trayectoria había sido internada por su familia en una casa de reposo, aquejada de Alzheimer. Dentro del morbo habitual de los programas de televisión que cubrieron el caso, un detalle revelado por sus cercanos dio cuenta de un hecho conocido pero pocas veces calibrado en su tragedia: el aún intermitente proceso entre lucidez y enfermedad en que está sumida y que hace que el paso a ese nuevo estadio sea una fractura terrible, un cataclismo afectivo que desorienta a niveles devastadores.

El azar y las coincidencias hicieron que este caso de la vida real se haya emparentado en su momento con el estreno del montaje escrito por Florian Zeller -el enfant terrible del teatro francés- y dirigido por Marcelo Alonso. Años después, y con varias temporadas exitosas en el cuerpo, el montaje regresa este jueves 17 de marzo al Teatro Municipal de Las Condes con un punto de inflexión importante: Hollywood hizo una película del texto de Zeller, con la cual Anthony Hopkins ganó el Oscar 2021 al mejor actor protagónico. Esto puede sugerir dos cosas: que el argumento de la obra es conocido ahora por un número significativamente mayor de público gracias a esta adaptación fílmica y que, con todas las distancias de cada caso, la performance de Noguera en la versión local puede ser puesta en perspectiva respecto al trabajo oscarizado de Hopkins. 

Decíamos que la vinculación con el caso de la actriz aquejada de Alzheimer y su vinculación con la obra en 2018 trae tras de sí el tema nunca bien explorado de los reales afectos familiares en torno a esta enfermedad: el tránsito que va desde el dolor y la compasión hasta la irritación y el cansancio, una zona gris que es convenientemente disfrazada de sentimientos bien pensantes para mantenerla a buen recaudo de nuestras culpas. Y es una nueva aproximación hacia la figura de la familia, esa institución tan relevante en nuestra historia patria que nos cobija, repele y atemoriza y de la cual no podemos escapar.

El relato se centra en la figura de Andrés, un padre alguna vez omnipresente y vital y que ahora se debate en esta etapa nebulosa. El montaje comienza mostrando los problemas cotidianos que experimenta: el olvido de su reloj y los insultos a su enfermera son parte de este nuevo escenario al que Ana, su hija (Amparo Noguera), intenta lidiar con ya poca energía. Zeller explora esta relación a través de diálogos cortos y afilados y escenas breves marcadas por pausas en negro que logran generar desde un comienzo una sensación progresivamente inquietante. El tono inicial está marcado por la comedia, una fina ligereza producida por el desparpajo de Andrés al ser inconsciente de su enfermedad y al que el oficio de Noguera le aporta un notable trabajo de inflexiones vocales, interjecciones y una sensación general de confusión.

En ese inicio notable, pareciera que lo que ocurre con Andrés es producto de un malentendido, una broma de mal gusto que le gasta su hija y su cuñado, y donde hasta su departamento se presta para la confusión cambiando pequeños detalles de la decoración. Son trampas en que va cayendo hasta que vamos entendiendo como espectadores que esta realidad –teatralmente hablando- no es tal sino que el rompecabezas que tiene Andrés en su mente. Porque (y ahí radica la brillantez del texto de Zeller) nos narra desde la perspectiva de quien sufre el Alzheimer y eso significa circularidad, rostros que mutan, sinsentidos, repeticiones, lugares que no son. En esa vorágine hacia un abismo sin fondo, Noguera se luce como tigre enjaulado. A veces cruel, a veces asustado, recogiendo sus pasos por encima de sus palabras, en ese paso terrible hacia la pérdida inexorable de cualquier atisbo de certeza.

¿Cómo se puede vivir con una persona aquejada de este mal? ¿Hasta qué punto esa abnegación ante una enfermedad impiadosa se convierte en inmolación? Si bien, el eje que cimenta el vínculo entre padre e hija es de una profunda ternura, Zeller no deja espacio para la sensiblería ni permite identificación del público con su protagonista. Todo recae en esa desorientación vital para lo que se necesita un actor de enormes recursos, un intérprete atento al más mínimo gesto, al silencio revestido de dolor que Noguera sirve con todo el cuerpo. Ana es también víctima y teje una relación oscilante con su padre mientras ve agrietarse su propia relación con Pedro, su pareja.

Hay dos escenas que resumen esta situación, un breve monólogo de Ana donde cuenta un sueño y una especie de ajuste de cuentas de Pedro hacia Andrés. Feroz, intimidante.

Ese registro es que el autor explora en todas direcciones es uno de los puntos altos del montaje. La manera en que guía el relato desde la mente de Andrés tiene esa particularidad de estar tan bien construida que sus momentos de lucidez son también de tal fuerza que empatizamos con su mirada y podemos hasta creer que tiene la razón, que hay un deseo de su familia por abandonarlo. Esa dualidad entre el impulso de protección y el tenue sentimiento de soledad que se intuye le da un matiz peculiar al relato que lo aleja de la tentación sensiblera.

Mencionamos las pausas entre escenas que desde la oscuridad hacen mover el relato a una estructura en espiral en que la idea del tiempo es crucial. Es una temporalidad frágil que parece avanzar hacia lo inexorable y que la mano del director Alonso la va crispando en ritmo e intensidad, hasta dotarla de un fino malestar en la audiencia. Distintos personajes se intercambian (el yerno, la enfermera) y el decorado va mutando a la par de la mente de Andrés. Es un mecanismo de relojería que se complejiza a cada instante y en que cada línea de los dos relatos centrales (la realidad y la proyección) se desarrollan de manera independiente, generando esa sensación de deconstrucción continua.

El elenco no tiene fisuras, pese a algunos roles breves. Como Pedro, el esposo de Ana, Rodrigo Soto aporta esa contundencia física habitual y el registro áspero de un personaje incómodo. Amparo Noguera compone un personaje dubitativo cuya firme conexión afectiva con su padre es intensa y conmovedora. Pero es Héctor Noguera quien sostiene admirablemente un texto dificilísimo en base a una expresividad corporal y un manejo de síntesis admirable. Es un especie de cubo de Rubik que se va desarmando y deconstruyendo frente a nuestros ojos mostrando diversos pliegues y revelando el miedo y la desorientación expresada en su cuerpo, su mirada y sus palabras, en un papel soñado para actores de su oficio y talento. Noguera no necesita ser reafirmado a estas alturas de su carrera, pero sorprende el talento e intuición con que desarrolla a su personaje desde la confusión y revela el extraordinario intérprete que es. Y, con todas las salvedades entre un arte y otro, queda resonando su performance hecha de carne viva y cuya intensidad resuena arriba del escenario de forma irreemplazable.

“El padre” es un sólido montaje, posee una escenografía sencilla con potencia dramática y una dirección con gran ritmo que apoyan un texto sorprendente que ha brillado en Londres (premio Olivier para Kenneth Cranham), Broadway (premio Tony para Frank Langella por este papel), París, Madrid y Buenos Aires. 

El padre

Dramaturgia: Florian Zeller

Traducción: Simón Morales

Dirección: Marcelo Alonso

Elenco: Héctor Noguera, Amparo Noguera, Rodrigo Soto, Ricardo Fernández, Carolina Arredondo, Paloma Moreno.

Diseño gráfico e iluminación: Cristián Mayorga

Vestuario: Taira Court

Funciones en Teatro Municipal de Las Condes del 17 al 27 de marzo. Ju, Vi y Sab, 20:00 hrs, y domingo 18:30.

Av. Apoquindo 3300, Las Condes.


Comentarios

3 respuestas a “[Del baúl] El padre: Viaje al comienzo del fin”

  1. La experiencia de este espectador talvez difiere de otros más distantes al drama que encierra la obra, me resultaron incómodas e incomprensibles las risitas de los pasajes iniciales del público, no por la actuación, sino por la lectura de aquellas situaciones cotidianas que se tienen que afrontar y que representan siempre una pregunta abierta, la paranoia de Andrés, el abismo al que empieza a caer, al final me faltó ese paseo de un lado a otro, tan propio de las casas de reposo, el sillón y el tv encendido para marcar esa sala de espera en el portal del cementerio. Retrato de realidades ocultas y feroces.

    1. Avatar de jorgeletelier
      jorgeletelier

      Así es. Las risas que mencionas tienen que ver quizás con ese realismo casi naturalista del inicio, en que no está claro desde donde se narra: si es una broma que le gastan, si es un mentiroso u otro. Creo que una de sus virtudes es exponer sin paternalismo lo terrible de esta enfermedad no sólo en Andrés sino en su familia, cómo se va destruyendo poco a poco. Saludos y gracias por el comentario

      1. Avatar de jorgeletelier
        jorgeletelier

        Muchas gracias por leer la crítica y por tus observaciones. Saludos

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