Veredicto: Dilemas morales en el espacio público

En su larga y consistente trayectoria de 35 años, Teatro La Puerta ha concebido las prácticas y metodologías en torno a la idea de puesta en escena como un constructo siempre en evolución. Desde sus experimentaciones intermediales de inicios del siglo XXI al uso de tecnologías visuales y sonoras, su trabajo se ha distinguido por una inquietud constante para pensar el trabajo escénico y el texto desde una perspectiva posdramática. En esa búsqueda, ha sido característico trabajar dramaturgias de autores alemanes.

Desde esa idea podría parecer que Veredicto, del alemán Ferdinand Von Schirach, sería una excepción a esa trayectoria. En esta obra, que actualmente se presenta en Matucana 100, el lenguaje hablado se convierte en el eje fundamental -sino el único- que sostiene la estructura del montaje ya que se trata de un juicio en la cual intervienen jueza, abogados, fiscales y acusados, casi como si se tratara de una sala de tribunal.

El “casi” es que más allá del procedimiento mimético con que es recreada esta sala, la obra se construye usando al público como el tribunal que debe dirimir el caso. O sea, los participantes de este juicio (los actores) le hablan directamente a éste como el otro participante de la acción. Es, por tanto, el uso correcto de las palabras y sus argumentaciones lo que va a permitir llegar a dirimir una verdad o al menos, intentar aplicar la justicia debida.

Integrar al espectador en la dramaturgia es un procedimiento en absoluto nuevo en el lenguaje teatral. Hace un siglo Bertolt Brecht discutía con el público las implicancias políticas de sus montajes. Hace algunos años, vimos una versión de Thomas Ostermeier de Un enemigo del pueblo, de Ibsen, donde se le hacía partícipe directamente a los espectadores el dilema ético de una decisión que conllevaba consecuencias para una comunidad.

Estos dos ejemplos en que se derriba la cuarta pared del teatro, ilustran el largo camino de prácticas de distanciamiento del público con la representación, y donde las actuales dramaturgias -tan autoconscientes de sí mismas- las utilizan comúnmente. Siguiendo esa lógica, se podría pensar que Veredicto es una especie de culminación de ese derribamiento total de la frontera que separa al espectador de la escena como un gesto esencial de las dramaturgias posdramáticas. 

Pero, de manera singular, lo que propone la obra es una representación mimética, total, sin fisuras, de un juicio. Eso incluye a las actuaciones (todas muy ajustadas en sí), a cada línea de diálogo y a la disposición frontal mirando al tribunal (el público), pero también en su temporalidad que respeta escrupulosamente las intervenciones de abogados, testigos y acusados, e incluso las pausas del tribunal para deliberar. 

Esto nos lleva a una cuestión importante: ¿si la representación y el texto dominan toda la propuesta, qué es lo contemporáneo entonces? En esa deliberada ambigüedad entre puesta en escena y texto, y entre representación y el efecto de distanciamiento para interpelar a los asistentes, la primera idea que resuena es que Veredicto se transforma en un raro dispositivo que cuestiona categorizaciones y nociones preconcebidas para ir al encuentro de un “espacio de participación engañoso”, ya que la participación de los espectadores no se hace bajo la condición de -valga la redundancia- ser espectadores, sino que de ser miembros del tribunal que deben decidir la suerte del acusado. En otras palabras, el público es invitado a participar estrictamente dentro de la convención estipulada por la representación del juicio, por lo que no caben guiños, referencias metateatrales o artilugios para evidenciar la construcción dramatúrgica.

En ese sentido, la apuesta del director Luis Ureta y del elenco de no ceder al recurso de interactuar con la audiencia para evidenciar el artificio es un gran acierto que produce un efecto singular: acrecienta la ambigüedad de lo presentado ya que presenta de manera directa y sin digresiones, las implicancias de la historia.

En segundo término, Veredicto presenta el juicio a un militar acusado de asesinato al haber autorizado derribar un avión de pasajeros que había sido secuestrado por terroristas y que iba a ser estrellado en un estadio con 70.000 personas. El dilema que el tribunal debe dilucidar es si el militar puede ser condenado por el asesinato de los pasajero del avión, o si bien tomó una decisión apelando a una razón mayor, proteger la vida de 70.000 personas y, por tanto es inocente. 

Bajo este conflicto moral, en la que se expone una situación cuyas decisiones son todas malas o conllevan consecuencias terribles, los miembros del tribunal y/o espectadores somos impelidos a reflexionar en torno a decidir qué es lo correcto cuando la vida humana está en peligro, y si es moralmente aceptable decidir por unas vidas y no por otras. Bajo la reflexión sobre qué entendemos por bien común y cómo aplicarlo, el montaje usa esta estructura discursiva típicamente leguleya para instalarse en un incómodo espacio donde el ejercicio de la moralidad, lo considerado justo y el valor de la vida humana pueden ser argumentaciones correctas dependiendo desde qué punto de vista se estén mirando las acciones. 

Este ejercicio filosófico y legalmente interpelador, llevado de manera directa al espectador sin subjetivar su posición y alcances como discurso, acrecienta la inquietud por cómo se piensan y ejecutan ciertas decisiones límites, exponiendo de forma descarnada la falibilidad humana.

Veredicto

Funciones en Matucana 100.

Dirección: Luis Ureta

Dramaturgia: Ferdinand von Schirach

Elenco: Ana Reeves, Sergio Piña, Pablo Cerda, Bárbara Ruiz-Tagle, Víctor Montero, Macarena Silva, Maximiliano Pascal y Francisca Celis

Producción General:  Camila Provoste Cid

Diseño escénico y de iluminación: Eduardo Mono Cerón

Diseño de vestuario: Karin Ehrmann

Asistencia de dirección: Thais Zuñiga

Realización escenografía: Fernando Quiroga

Jefe técnico: Cristóbal Manríquez

Encargado de sonido: Franco Peñaloza

Confección de vestuario: María Paz Morales

Sastrería: Vladimir Almuna

Diseño gráfico: Javier Pañella 


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