Pedro, Juan y Diego: La vigencia de un discurso profético

La reaparición de este clásico absoluto en el repertorio del Teatro Ictus, nos empuja a pensar no solo en la pertinencia de su inflamable protesta: el alegato por la dignidad de los trabajadores frente a un modelo económico inmisericorde, un hecho concreto tanto en los años de su estreno original (1976) como hoy. Más importante aún, nos pone en perspectiva un tipo de teatro social que podría parecer anticuado discursivamente, pero que en su agudeza para observar y develar la trama social lo convierte en una pieza de potencia arrolladora.

Protagonizada por Nissim Sharim, Jaime Vadell, José Manuel Salcedo y Delfina Guzmán, entre otros, Pedro, Juan y Diego se estrenó en marzo de 1976 en la misma Sala La Comedia, en momentos en que la palabra “resistencia” sí tenía un significado profundo: era desafiar al régimen militar, arriesgar la libertad y la vida, asumir el teatro como un rito casi clandestino, e intentar decir oblicuamente lo que estaba ocurriendo en el país. Dadas esas condiciones, y en un contexto en que hacer teatro de protesta no se estaba produciendo en el país, el montaje “se atrevió a desafiar las restricciones a la expresión disidente”[1] de manera subrepticia, sorteando la censura ya que Ictus en esos años logró gran éxito de público con sus obras sin que los militares advirtieran su contenido.

La nueva versión dirigida por el versátil Jesús Urqueta (responsable por estos días de otro montaje en cartelera: Junto al lago negro, en el Teatro Nacional chileno) respeta casi en su totalidad el texto original de Ictus incluyendo su rasgo de puesta en escena más recordado: la supresión de la cuarta pared donde los actores utilizan el foyer y pasillo de teatro para ingresar e interpretar algunas escenas. La historia gira en torno a tres trabajadores cesantes que se han inscrito en el Programa de Empleo Mínimo (PEM), de triste recuerdo en los años de dictadura, y que supuestamente venía a resolver la cesantía de parte importante de la fuerza laboral, pero con trabajos precarios y mal pagados. Ellos son convocados para construir un muro en un lugar incomprensible en que, además, el plano de la construcción está mal diseñado.

Estos tres obreros representan tres tipos distintos de trabajadores de esos años: Pedro está especializado en construcción y ha tenido que aceptar un empleo menos calificado y peor pagado (Roberto Poblete), Juan es un vendedor de productos hortícolas (Alejandro Goic) que está dificultosamente entrando a las relaciones productivas tardo-capitalistas y que acaba de perder a su caballo (medio de subsistencia). El tercero es Diego, un profesional universitario de clase media (Nicolás Zárate) que ha trabajado en la administración pública y ha quedado cesante, pero sueña con instalar un negocio que necesita, como gran inversión, una camioneta. Como personaje extemporáneo a ellos, una mujer que vive en una carpa en el lugar de construcción y que es muda (Francisca Gavilán), aporta una dimensión en tono de realismo mágico.

Estos tres trabajadores representan, ya en 1976, la cartografía del trabajador chileno que empezaba a conocer la nueva precariedad que el modelo neoliberal estaba implantando en el país. Con un sentido anticipatorio ejemplar, Ictus prefiguraba las inequidades de las relaciones laborales en un contexto de tensión entre las antiguas relaciones pre-capitalistas y los símbolos de la tardía modernidad que recién por entonces, estaban abriéndose en la sociedad chilena en dictadura. El detalle crucial en este punto, es el uso del habla popular como rasgo de resistencia a un mundo que estaba cambiando inexorablemente y que el personaje de Goic expone notablemente en toda su picardía, contradicción y perplejidad.

El director Urqueta no actualiza la realidad laboral de esos años al presente. Mantiene tal cual las condiciones y contexto en que se realizó para ofrecer una lectura de los posibles cambios de la sociedad chilena y sus relaciones laborales con cincuenta años de diferencia. No es necesario enfatizar en dicha condición para evidenciar con total nitidez como el “perfeccionamiento” del sistema y el clasismo agobiante de las relaciones laborales solo ha aumentado en el país. Lo interesante es que, más que un obvio paralelismo de las inequidades y contradicciones del modelo imperante, la obra nos lleva a una reflexión sobre los modos de representación de un cierto teatro social en que prevalece el mensaje (lo que se dice) por sobre la puesta en escena y lo que podríamos definir como la teatralidad, aspectos que hoy son materia de reflexión de la producción teatral contemporánea.

La constatación del mensaje como articulador del sentido de la obra (y por ello su carácter social), nos lleva a un punto interesante: siendo una obra que expone con total nitidez arquetipos (en este caso de trabajadores), y contradicciones casi obvias entre jefes y obreros, ostenta cierta modernidad en la manera directa en que presenta algunas escenas fuera del escenario, con un leve guiño al sentido épico de Bertolt Brecht en la forma en que hace participar al espectador de lo presenciado. Ese aspecto, novedoso en 1976 y bastante típico en 2022, resuena de manera singular en la medida en que la obra se desliza entre ese carácter realista-verosímil y estas disgresiones al espacio que generan un efecto de confrontación con lo dramático por su cercanía con el público.

Este aspecto, que pudo ser novedoso y punzante en los años de su estreno original, hoy no impactan mayormente en cuanto dispositivos escénicos. Incluso podríamos decir que la obra evidencia ciertos clichés en otros personajes como el jefe de obra y el inspector municipal, construidos en base a trazos más gruesos que los protagonistas y que funcionan como mera oposición. Pero restando estos detalles, la obra se sostiene muy bien en cuanto a su ritmo, agudeza para develar contradicciones al seno de las relaciones laborales, y un sentido de comedia que podría ser un poco naif para los tiempos que corren pero que funciona espléndidamente en el tono general del montaje.

Siendo evidentemente una obra producto de su tiempo, ¿por qué funciona bien en el presente? Más allá del homenaje -de hecho, en un momento se cita a los actores originales- la obra trasunta una honestidad en la forma en que construye el conflicto y los personajes, y la empatía atemporal que trasuntan sus dilemas. La constatación, más allá de las palabras, de que la dignidad es un anhelo concreto, que tiene contornos precisos y acciones más allá de abstracciones, hace que Pedro, Juan y Diego sea un ejemplo de un tipo de teatro social que interpela desde una fibra emocional y no intelectual. Que no intenta escudriñar en las razones de la injusticia o la inequidad, sino que busca comprender el efecto profundo de prácticas enquistadas en la idiosincrasia nacional, y que (re) emergieron rotundamente luego del estallido.

Esa potencia dramática que proviene de un pasado que ya no existe como tal y de personajes improbables en estos días, cobra sentido en la medida en que conecta con la potencia del teatro social y un espíritu de fiesta asociada a aspectos de nuestra identidad (la escena del zorro es sintomática). Además, la reacción que provoca (en la función vista, los vítores y entusiasmo del público fueron notables), permite entender que a través de ciertos elementos simbólicos se reconstruye un sentir colectivo respecto a estos problemas, y la defensa de ciertos valores y sentimientos, como la ética de trabajo, la humillación ante el sistema mercantilista y una nostalgia republicana que, en tiempos de cinismo desbordante, logra hacer sentido cuando todo parece caerse a pedazos.

Con todo ello, el remontaje de Pedro, Juan y Diego permite ver en perspectiva un momento clave de la historia del Teatro Ictus, y apreciar en todo su esplendor cómo un discurso tan abiertamente crítico desafió al régimen militar en sus barbas, profetizó los males que se estaban larvando en la sociedad chilena y estimuló la rebeldía ante el abuso. Casi cincuenta años después, todo parece haber cambiado (y el teatro entre ellos) pero hay cosas que se mantienen poderosamente vigentes.

Pedro, Juan y Diego

Dirección: Jesús Urqueta

Elenco: Alejandro Goic, Francisca Gavilán, Roberto Poblete, Francisco Ossa, Nicolás

Zárate y Giordano Rossi

Diseño Integral: Catalina Devia

Composición musical y universo sonoro: Joaquín Montecinos

Productora Ictus: Anette Olivares

Funciones: todos los jueves, viernes y sábados a las 20 horas.

Venta de entradas a través de Ticketplus y en la Boletería de Teatro ICTUS (Merced 349,

Barrio Lastarria, Santiago)

Valor: $10.000 más cargo por servicio.


[1] Lepeley, Oscar. Pedro, Juan y Diego: obra fundacional del teatro contestatario chileno. Latin American Theatre Review, 2001.


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