“Lo innombrable” es el cierre de una trilogía destinada a indagar en las relaciones posibles entre puesta en escena y audiencia, proceso iniciado en 2011 con “Intentar No construirlo”, y luego continuado con “Delirio a dúo” (2017). En ese sentido, ha explorado diversas posibilidades de la escenografía como dispositivo “vivo” y en tensión con el espectador.
Si bien la idea de abandonar la puesta en escena teatral “de sala” es de larga data y se ha manifestado mayoritariamente en el reemplazo del espacio (teatro) por la calle, casas o lugares de significación pública (el caso de Villa Grimaldi en “Delirio a dúo”), el proyecto liderado por el director Nacho García y el dramaturgo Juan Claudio Burgos, se ha centrado en las posibilidades de deconstrucción del aparato escenográfico y su relación con los espectadores como sustrato base. Desde esa perspectiva, “Lo iNNombrable” supone un alejamiento de las premisas originales de este planteamiento en la medida que la idea de puesta de escena en “evolución” se convierte en un experimento intermedial en que el diálogo e interacción entre distintas disciplinas, abre la puerta a una reflexión compleja de las posibilidades de las artes escénicas y visuales.

Ese alejamiento es, fundamentalmente, porque al centro de la obra no está la “deconstrucción teatral” o el extremar las posibilidades del dispositivo escenográfico, como sí era el nudo de “Delirio a dúo”. Consciente o no, “Lo iNNombrable” se instala en un espacio líquido en que circulan relaciones mediales o, si se quiere, varias dimensiones de materialidad entre las artes convocadas.
Una especie de domo o carpa circular instalada en el acceso a las salas A1 y A2 del GAM es el espacio elegido. Sus “paredes” son unas telas elasticadas que trasluce desde dentro la armazón hecha con andamios. Al interior hay unos asientos que asemejan reposeras de madera en que los asistentes pueden sentarse casi horizontalmente, ampliando la visión hacia adelante y hacia arriba (luego se entenderá el significado de estas formas). Al centro, un cilindro con luz interior sirve de mini escenario en que el único actor (Rodrigo Pérez) se instala. Al entrar, unos “anfitriones” indican dónde sentarse e introducen en tono y gestualidad la naturaleza de lo que se va a presenciar.
Este tono inicial se revela importante puesto que nos disponemos a entrar a un territorio evocativo, casi ritual, donde víctimas de la comunidad gay de la dictadura recuperan nombres, cuerpos, testimonios y memorias a través del relato de uno de ellos, quien articula las ideas de marginalidad, pobreza y barbarie que expone el texto. En los techos inclinados del domo se proyectan imágenes de agua donde lentamente se empiezan a visibilizar formas abstractas que luego devienen en cuerpos, mientras una música sombría y sonidos casi inaudibles de textos se repiten sin cesar. Esta relación entre agua-cuerpos tiene un simbolismo creciente y se convierte en el concepto articulador del discurso, orientando la búsqueda de la intermedialidad hacia lo performático como el eje representativo principal.
La disolución de las fronteras disciplinares entre las artes acá convocadas (imagen, música, danza, teatro, performance) cumplen una función inmersiva en los asistentes, en la medida que buscan situar lo narrado desde una experiencia sensorial más que en la contemplación pasiva desde la butaca. Ese proceso de alejamiento de la pureza de los lenguajes específicos (en este sentido, el abandono de lo “teatral” pese a lo explícito de la escenografía diseñada por Ramón López) hace que los “modos de hacer” (a la manera de Michel de Certeau) sea primordial, y que el sentido del discurso se traspase del artista al público. Ese desplazamiento requiere una formulación compleja que, en el caso de esta obra, solo se cumple a medias.

Y esto, creemos, es porque lo teatral (el monólogo de Pérez y su gestualidad arriba del cilindro) se desarrolla en un carril distinto al de las artes visuales, performativas y sonoras de la instalación. Si por un lado el testimonio es lo que orquesta el despliegue de los otros lenguajes, su propio carácter literal suprime el efecto inmersivo que, de acuerdo a sus propias lógicas de representación, tiende a lo conceptual, lo brumoso e incluso lo misterioso. Hay poco que experienciar cuando el texto lo está diciendo con detalles. Por otro lado, el personaje de Pérez responde teatralmente a una imaginería ya vista demasiadas veces en el teatro chileno: la marginalidad y la poética lemebeliana del gay pobre y excluido, con ecos del teatro de La Memoria (“La manzana de Adán”) y donde el propio actor ya personificó en “Pompeya”.
Pareciera ser, desde lo inmersivo que se nos propone, que la teatralidad irrumpe de forma disonante con el resto, restando la posibilidad de instalar un nuevo territorio que supere lo teatral y se acerque a lo que busca proponer lo intermedial. En ese sentido, este espacio de representación que empuja al espectador a construir perceptivamente la obra, pierde potencia con la dimensión teatral del personaje interpretado por Pérez. La irrupción de los cuerpos, metáfora de la muerte y desaparición, es un punto alto de la obra y sitúa su espacio de representación primordialmente en lo performático como modo de representación, y en un territorio cercano a la instalación como “modo de hacer”. Desde allí, la interrogante y función de lo teatral en un dispositivo sonoro-visual-performático, abre reflexiones sobre los nuevos escenarios de ruptura y sus usos en un territorio donde las posibilidades de la intermedialidad asoman como una tendencia cada vez más recurrente.
Lo iNNombrable
Idea original y dirección: Nacho García
Dramaturgia: Juan Claudio Burgos
Performer: Rodrigo Pérez
Producción: Tania Rebolledo
Asistencia de dirección: Juan José Muggli
Diseño de escenografía e iluminación: Ramón López
Diseño de vestuario: Zorra Vargas
Diseño sonoro: Alejandro Albornoz
Diseño videos y mapping: Roberto Collío y Matías Illanes
Coreografías: Claudia Vicuña
Bailarines: Consuelo Cerda, Eduardo Cuadra, Daniel Ibañez y Claudia Vicuña.
Miércoles, jueves, sábado (21:00) y domingo (20:00), hasta el 27 marzo.
GAM, Hall A (Edificio A, piso 1).
Valor: $4.000 general.


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