Acreedores: Pertinencias y transgresiones de un texto inflamable

Hay dos cuestiones que resuenan fuerte luego de ver Acreedores en Teatro Finis Terrae: qué idea tenemos de lo que es un clásico moderno, y la noción extendida en el teatro local de considerar al teatro dramático (y representacional, si se quiere) como un ejercicio algo anacrónico que solo se revisita de vez en cuando.

Si bien ambas afirmaciones son elásticas y debatibles, permiten discutir un tema de fondo: cuando una adaptación plantea una puesta en escena con rigor en su forma y fondo, y la pertinencia del texto abre un diálogo desde el presente, sus resultados pueden ser óptimos como es en este caso.

El texto de August Strindberg, estrenado en 1889 en un periodo de extraordinaria fertilidad creativa para el sueco, es de esas piezas que parecen verse modélicamente como un texto cuyas ideas no pasan de moda y por ello nos apresuramos a catalogar con ese traje a la medida que puede significar ser un “clásico moderno”, cuestión que veremos. La versión dirigida por Alexis Moreno deja claro que las ideas que laten tras el montaje siguen siendo poderosas y corrosivas, incómodas aún hoy sobre la dimensión utilitaria de las relaciones afectivas y sobre el poder que ejercemos (y que ejercen sobre nosotros). 

Crédito: Rodrigo Núñez

Inspirada en la relación de Strindberg con su primera esposa, Siri von Essen, Acreedores condensa las reflexiones del autor sobre el matrimonio y lo que ha sido definido como “vampirismo emocional”, la cualidad de ciertas personas por absorber la energía y bienestar del otro para su propio beneficio. Se trata de un territorio que describe la institución matrimonial como una abierta disputa entre hombre y mujer, marcado por la misoginia y la paranoia, pero también con una corrosiva mirada a la burguesía y su macroestructura de apariencias y doble estándar. El montaje de Moreno deja convenientemente de lado el aspecto misógino para situar el núcleo del montaje en una disputa más intelectual que afectiva donde se dirimen las bases que constituyen el ejercicio del poder; de qué formas se manifiesta y bajo qué objetivos se moldean las relaciones.

En ese sentido, el texto mantiene la ferocidad y voluntad iconoclasta del original. Entender las relaciones en el matrimonio o en pareja como una especie de transacción donde se invierten sentimientos, tiempo, energía o dinero, y donde el fracaso puede permitir una acreencia para ser cobrada, pone en cuestión tanto en el siglo XIX como hoy, la genuina pureza de los sentimientos que rodean a ese concepto tan abstracto que llamamos amor.

El director y adaptador Alexis Moreno (cuya labor como director fuera de su compañía La María es muy distinta a esta) desplaza con acierto hacia lo contemporáneo un par de detalles del texto original, como el perfil de Tecla (Trinidad González) hacia un espacio de mayor autodeterminación, y orienta la condición de salud de su marido Adolfo (Mario Horton) explícitamente al tema de la salud mental. 

El ritmo y carácter enérgico con que los intérpretes ponen en escena esta disputa es proverbial y uno de los puntos altos del montaje. Tanto Horton en el papel de Adolfo y Francisco Reyes como Gustavo, ilustran en un notable equilibrio el desborde emocional de sus personajes con la intensidad física, donde priman la confusión, la ira y la venganza. Adolfo, débil de carácter y de salud, es presa fácil de una esposa que construye una hábil red de dominaciones encubiertas y donde la ambigüedad de lo relatado deja abierta las interpretaciones sobre este supuesto vampirismo emocional. Gustavo solo tiene como norte vengar los supuestos pecados de ella a través de un elaborado plan bañado de dolor y resentimiento, la que es su forma de cobrar la deuda de la mujer y exponer la futilidad de los sentimientos. Pero es Tecla (Trinidad González) quien brilla al surfear entre la vorágine emocional de los hombres con un calculado juego de cinismo e inteligencia que deja al descubierto no solo la asimetría con que se construyen las relaciones, sino que conecta muy adecuadamente con el galopante individualismo actual en el cual el cálculo y la conveniencia priman en nuestras acciones. Hay que destacar que la actriz brilla especialmente en personajes dramáticos de alto voltaje, como lo fue también su Martha de la aplaudida ¿Quien le teme a Virginia Wolf?, del Teatro Nacional Chileno (2024).

¿Qué se ama cuando se ama? ¿Es un cuerpo, un espíritu o la idea de obtener al otro como si se tratara de un botín?, nos pregunta Strindberg a través de Moreno casi 140 años después. La mirada sobre las relaciones y las instituciones de la sociedad no dejan espacio a optimismo alguno en la mirada del dramaturgo sueco. Y claro, eso podría vincularlo con los cínicos y utilitarios tiempos actuales. Pero si bien estas interrogantes resuenan poderosamente, el texto parece plantear más que una vigencia de ciertas costumbres sociales, un diagnóstico de la propia condición humana en su nivel más puro y simple: la necesidad de sobrevivir a toda costa.

Crédito: Rodrigo Núñez

Bajo esta mirada, la adaptación se sostiene casi exclusivamente desde el texto, donde la resonancia de las palabras y los cuerpos de los intérpretes con esa intensidad in crescendo las ejecutan con notable precisión, por lo que no requiere de elementos adicionales que puedan “contemporaneizar” esta versión. 

Sostener un texto que se va crispando hacia niveles altísimos de intensidad, requiere una justeza casi matemática de los elementos (y no es, por cierto, minimalismo como se ha dicho). Y cada detalle de puesta en escena refuerza esa condición: la pequeña mesa, el jarro con agua, el amplio ventanal que revela imaginariamente el mar al fondo, son elementos que diseñan un concentrado espacio dramático que sin hacerlo evidente, enfatizan el encierro afectivo de los personajes dentro de sus paradigmas; una forma de mostrar que no hay escapatoria posible más allá de lo que la pequeñez humana permite, aunque la ilusoria contemplación de ese mar conlleve la libertad de acción o de conciencia.

Pensar en la idea de un “clásico moderno” y en la tentación de dialogar con el presente desde los recursos que el lenguaje teatral nos da hoy, requiere primero escuchar ese texto y sus resonancias como palabra (s). Alejado de la idea de un realismo moderno como a menudo se encasilla a Strindberg, uno de los aciertos de Moreno es distanciarse de esa categoría laxa y recuperar el naturalismo que el propio autor sueco propuso para sus dramas, un naturalismo donde su visión cientificista, objetivista y cuasi entomóloga, observa a sus personajes y sus pasiones como quien mira a insectos en un laboratorio. Lo que lo aleja del drama realista moderno es que esa mirada objetiva está teñida de su atormentado mundo interno y sus fracasos, lo que fue obsesivamente puesto en escena como ecos de su propia biografía.

Así, más que un autor realista, Strindberg fue un precursor de la narrativas autobiográficas o de las arquitecturas del yo que lo convierten en un autor vanguardista y visionario, lo que esta notable versión de Acreedores recoge para hacernos cuestionar sobre los desafíos que implica adaptar un “clásico moderno”.

Acreedores

Dirección y adaptación dramatúrgica: Alexis Moreno

Dramaturgia: August Strindberg

Elenco: Francisco Reyes, Mario Horton y Trinidad González

Diseño escenografía y vestuario: Andrea Contreras

Diseño iluminación y jefatura técnica: Francisco Herrera

Realización escenográfica: Francisco Sandoval

Realización de vestuario: José Vergara

Asistente de producción: Paula Galleguillos

Producción general: Alessandra Massardo

Teatro Finis Terrae, hasta el 25 abril. Viernes, 20.30 h; sábados y domingos, 19 h.


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