En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar: Polifonías del fin

Esta es la primera obra que el director Nicolás Espinoza realiza fuera del Colectivo Zoológico, la agrupación que lideró y que posicionó como una de las más innovadoras de los últimos años. Allí lograron un sello muy identificable en torno a problematizar desde una perspectiva más bien dialéctica, cómo las posibilidades de la imagen se enfrentaban con lo dramatúrgico en sus puestas en escena. Ahora, enfrentado a su debut solista, Espinoza vuelve a trabajar junto al dramaturgo de la compañía, Juan Pablo Troncoso, en este montaje que se presenta luego de haber obtenido el premio Ibsen Scope Grant, en 2021, que reconoce las adaptaciones más innovadoras de las obras del escritor noruego.

De entrada, las comparaciones o quizás las expectativas pueden ser inevitables, ya que el Colectivo Zoológico se había convertido (y es) la agrupación teatral que mejor maneja los recursos audiovisuales en el teatro local, y ese vínculo podría llevar a equívocos. Por el contrario, si bien la presencia de la imagen es evidente en el montaje, las preocupaciones de Espinoza y Troncoso parecen apuntar en otras direcciones.

En este tercer acercamiento a Henrik Ibsen (antes fueron “Un enemigo del pueblo” y la notable “Casa de muñecas”), se adapta un texto poco conocido del noruego, “Los pilares de la sociedad” (estrenado en 1877), bajo un título que invita a un juego de tintes críptico-poéticos: “En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar” (con funciones en Matucana 100). Acá se toma el texto original que habla sobre relaciones de poder y dinero en la Europa del siglo XIX motivada por la explotación de la naturaleza, a un escenario muy local en que, por el cambio climático, la naturaleza se levanta contra los humanos en una especie de cataclismo que se despliega en varios niveles.

En un pequeño pueblo costero, un alcalde debe enfrentar la reconstrucción del lugar luego de un maremoto. Sabemos lo que ocurrió a través de distintas voces que van reconstruyendo los hechos en una especie de coro que funciona como una polifonía de opiniones, miradas, conjeturas a veces contrapuestas, a veces superpuestas. La estructura dramatúrgica de Troncoso apela a una especie de circularidad de relatos que van provocando una sensación de abismo, de un descenso que escarba en las distintas posibilidades de los significados de las palabras y las acciones. Ese coro no tiene nombres, son los habitantes, el pueblo o el viento que se levanta después de la tragedia.

En esta estructura, la presencia del alcalde y su familia es protagónica pero solo en base a estas referencias, constituyéndose en un relato oblicuo, continuamente permeado por la fuerza de la naturaleza que emerge como el verdadero eje, cuya presencia y poder ayuda a poner en perspectiva las relaciones de corrupción, la avaricia extractivista y la pequeñez del ser humano frente a estas fuerzas no humanas.

Esta superposición de textos, ritmos y visualidades, nos sumergen en un oleaje de significados que, en su constante movimiento, nos sugieren la inevitabilidad de los ciclos de la naturaleza y la catástrofe ambiental producida por el hombre. En ese sentido, la dramaturgia de Troncoso relaciona de manera muy sutil una idea de fin de ciclo (o de catástrofe final) con una especie de extravío existencial no ya como especie, sino como una sociedad como la chilena, que parece adormecida y desorientada ante el progresivo daño infringido por las instituciones y los detentadores del poder.

Así, la idea de un desastre natural y un desastre humano-social se funden en una sinfonía trágica que es servido con extrema tensión por los tres notables intérpretes (María Paz Grandjean, Verónica Medel y Rafael Contreras), quienes no solo sirven a la perfección el acento chilote, sino que usan sus cuerpos como una proyección del abandono de lo humano, o su derrota definitiva (la secuencia del cangrejo es brillante).

En esta preeminencia de lo no humano como eje y la circularidad de los sentidos, se deja entrever cierto influjo de Manuela Infante y sus ideas sobre un teatro no antropocéntrico (en especial de “Estado vegetal”), pero donde esta obra se distancia es en su uso de los cuerpos como disparadores de una acción que es tanto física como evocativa, en el uso de las sonoridades y las cadencias para construir un clima en permanente crispación, gran acierto del director Espinoza.

Respecto a la imagen, esta vez cumple un rol más atmosférico que en el anterior trabajo de Colectivo Zoológico, llevando su presencia hacia un territorio más expandido y abstracto que si bien entrega texturas visuales interesantes, se ve algo empequeñecida ante la compleja organización del relato dramatúrgico.

Punto alto de la temporada, “En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar”, pone el foco en una temática urgente y acaso terminal, pero privilegiando la multiplicidad de sentidos y zonas de deliberada ambigüedad teatral y discursiva, para construir un relato tenso y complejo, que confirma a Juan Pablo Troncoso como un dramaturgo de fuste (ya lo demostró en “Mirar”), y quizás el más destacado del año.

En toda alma hay una marca oscura que es necesario ocultar

Dramaturgia: Juan Pablo Troncoso
Dirección: Nicolás Espinoza
Elenco: Verónica Medel, Rafael Contreras, María Paz Grandjean
Diseño integral: Catalina Devia
Diseño audiovisual: Pablo Mois
Universo sonoro: Federico Palma
Diseño sonoro: Daniel Marabolí
Producción: Coté Durán

Funciones en Matucana 100, viernes y sábado (20:00), domingo (19:00)


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