La felicidad de las tórtolas: Un personaje en busca de una vida

¿Qué significa hoy, en el actual estado de las cosas, poner a dos actores frente a frente, sin más acompañamiento que su propio texto? En un teatro que tiende insistentemente a situarse en elevados niveles de autoconsciencia de sus medios, el repliegue al texto pareciera ser un gesto político de reafirmación de lo seminal, de una ausencia de estridencia que podemos ver como un acto de humildad creativa.

Pero las cosas no son tan simples. En “La felicidad de las tórtolas” (que se acaba de presentar en Espacio Taller) quienes dialogan son dramaturga y personaje, la creadora y el producto de su trabajo, entrelazados en una disputa existencial sobre cómo terminar la obra. El juego meta-teatral se instala de inmediato, porque mientras la dramaturga (Ximena Carrera) no logra darle un adecuado fin a un texto que ya arrastra por demasiados años, el personaje (Felipe Zambrano) rechaza iracundo las decisiones que ella tiene en torno a él y exige la libertad para construir su propio destino.

¿Pueden sus decisiones ser mejores que las de su creadora? Castro -su nombre- reivindica su derecho a decidir (de hecho, tiene una radical decisión tomada) pero pareciera que su deseo es entender el por qué la dramaturga no logra darle un adecuado sentido a su existencia. ¿Es la libertad la promesa del acto creador, como dice el cliché? ¿O quizás se trata de una prisión de la cual los propios fantasmas emergen para mostrar una ficción devenida en vida?  Esta conversación sinuosa y áspera, no exenta de crueldad, se enrosca sobre sí misma en un fascinante juego de espejos ya que Carrera, la actriz, es la verdadera autora del texto y los problemas que arrastra con él fueron su proceso creativo personal.

En esa constatación, el texto adquiere una densidad especial ya que las diatribas de Castro oscilan en un territorio difuso que desde la ficción interpela al verdadero proceso de escritura de la dramaturga, quien a su vez se expone con vulnerabilidad en este diálogo sobre su obra en un territorio fronterizo por momentos con la autoficción. Es una delgada línea en que la muy sólida performance de los actores y la atenta dirección de Sebastián Vila eluden los riesgos manifiestos del material, como caer en la complacencia o la autorreferencia teatral y, por el contrario, algunas frases de Castro impactan como dagas en este ejercicio de apariencias que se revelan reales y viceversa.

Y esto es porque el personaje-actor (de marcado aliento Pirandelliano) maneja un tono más ampuloso e irreal que la dramaturga. Su vestuario y palidez, la sonoridad de sus textos y una sutil vulnerabilidad física, otorga un aliento trágico a sus inquietudes existenciales, y se contrapone a la dramaturga, cuyas dudas y vacilaciones busca responder desde una lógica práctica y consciente de su rol como escritora. Esa contraposición de tonos e impulsos dialoga bien para entender el peso específico y significado de las preguntas existenciales lanzadas al aire.

Carrera (“Lucía”, “Medusa”) y Vila (“El Áuriga Tristán Cardenilla”, “Tragicomedia del Ande”) son las cabezas de la Compañía La Trompeta, que hace siete años no estrenaba una obra nueva. Y en una cartelera atiborrada de montajes con todo tipo de contemporaneidades, “La felicidad de las tórtolas” es un pequeño respiro de intimidad que en su vocación de cámara va revelando por capas una propuesta honesta y sencilla en su puesta en escena, pero no por eso menos compleja en su reflexión sobre los límites de la ficción y de qué entendemos por verdad, en el escenario y en la vida.

La felicidad de las tórtolas

Dirección: Sebastián Vila

Dramaturgia: Ximena Carrera

Elenco: Ximena Carrera y Felipe Zambrano

Diseño integral: Gabriela Torrejón

Fotografías: Rodrigo Vega

Producción: Compañía La Trompeta


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