Más allá de las críticas a lo excesivamente amplio y descartable que hay en su catálogo, hay un punto en que Netflix ha logrado dar en el clavo con brillante agudeza sociológica: radiografiar en los pliegues de la sociedad estadounidense más oscura, la de la violencia fascista y la ignorancia aterradora, la fábrica de asesinos seriales y la vulgaridad de reconvenida en espectáculo, que tejen a parte de esa sociedad no ya al borde del abismo, sino que rodando en un precipicio moral y económico sin precedentes.
Celebrados títulos como Wild wild country, Making a murderer o Las cintas de Ted Bundy, dan cuenta de una sociedad que, a nuestros ojos morbosos, nos revelan esas pulsiones destructivas y contradictorias que han permitido elegir como presidente a un engendro como Donald Trump. El gran éxito clamoroso de este casi subgénero netflixista, da cuenta del interés que despierta en todo el mundo ese costado que creíamos era el sótano oscuro del país, pero que se nos revela como una identidad nada de marginal, la del mundo redneck del interior de EEUU, esa masa precaria, semi rural, aficionada a las armas y de patético mal gusto.
En esa lógica, la docuserie Rey Tigre viene a ser como el Ciudadano Kane del redneck o de la cultura white trash que celebra a Trump y los discursos de extrema derecha. La fascinación que ha ejercido la miniserie en todo el mundo ha sido arrolladora y sin duda esa extravagancia kitsch es el fascinante rostro de entrada, pero en sus impredecibles giros, personajes y posición moral se esconde una disección feroz del estadounidense que está más abajo en la pirámide social neoliberal.
En formato de reality show, Rey Tigre cuenta la vida de Joe Exotic (apodo de Joseph Allen Schreibvogel aka Joseph Maldonado-Passage), un empresario dueño del zoológico privado de felinos más grande de EEUU, en Oklahoma. Personalidad narcisista de manual, Exotic ha elegido a sus empleados entre lo más marginal de la sociedad (ex presidiarios, drogadictos, parias), a quienes les ofrece un trabajo estable pero en condiciones paupérrimas, a la vez que se encapricha con algunos, convirtiéndolos en sus esposos (celebra su matrimonio con dos de ellos). Su discurso defensor de los animales consiste en afirmar que en su recinto pueden estar con cierta comodidad y buenas condiciones de salud, pero lo que hace es comerciar con ellos vendiéndolos a zoológicos y coleccionistas. Exotic además se define como amante de las armas, gay, es cantante country y concibe su vida como un espectáculo, por ello instala un canal de tv en el parque para documentar cada uno de sus pasos sin el menor pudor.

Esta descripción es solo el inicio, el prólogo de la historia. La miniserie documental agarra vuelo cuando entran los otros personajes al ruedo, empresarios de animales exóticos tan dementes como Exotic y fundamentalmente, Carole Biskin, su némesis y con quien se concentra el nudo dramático del relato. Ella es la directora de una organización en defensa de los felinos (Big Cat Rescue) y quien denuncia a Exotic por maltrato y tráfico ilegal de animales salvajes.
Lo que viene a continuación es una opereta de bajas pasiones, traiciones, desapariciones misteriosas, lujuria y odio irracional (con un final sorprendente), contada a veces desordenadamente y con una cámara que escudriña en la intimidad de Exotic, quien expone su vida como un espectáculo televisivo en el que hay que poner todo sobre la parrilla. Esa suerte de oda al exceso hace que la serie sea tan atrapante como desagradable de ver, porque sus personajes van mostrando bajezas y contradicciones cada vez más acentuadas, mientras que la puesta en escena describe una miseria material y moral que por momentos la hace agobiante y casi inverosímil en su decadencia.
Pero a diferencia de otras series y filmes que exploran en la white trash, desde Los Simpsons a Joe Dirt, la mirada de los directores no es irónica, no hay burla ni distancia crítica. El tono de comedia que asoma por momentos es la inevitable honestidad con que estos personajes se enfrentan a la cámara y confiesan su modo de vida, sus bajezas y sus deseos de ser reconocidos.
Hay dos grandes temas que cruzan la serie en su totalidad: la idea de la existencia como espectáculo y la visión perversamente mercantilizada de cada una de las esferas de la vida. En La sociedad del espectáculo, Guy Debord explica que “el espectáculo se presenta a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación”. Llevado a un exceso demencial, lo de Joe Exotic es la inversión del efecto pensado por Debord, donde es esta sociedad la que se ve y se piensa a sí misma como un espectáculo completo. Donde la música country no es, por ejemplo, una medida de la expresión artística de Exotic, sino que un medio para cimentar la imagen construida previamente de sí mismo, reforzar el personaje que es la persona real (y que responde a un apodo, para rizar el rizo).
Lo mismo pasa que los otros personajes, todos presos de una pulsión espectacularizante de sus vidas, entregados dócilmente al juego de imágenes que propone la serie documental de Rebecca Chaiklin y Eric Goode y que, en último término y siguiendo a Debord, es “el proyecto de un modo de producción existente. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real”. Por ello, el formato de reality show utilizado por la serie es tan certero para reflejar ese deseo de organizar la vida como un programa barato de tv, donde todos los excesos y el mal gusto son posibles, al punto que termina convirtiéndose en un extraño producto cómico.
Y ese punto nos lleva al otro eje fundamental, la idea de la mercantilización en su grado cero, donde negociar con cachorros exóticos o usar el cuerpo propio como transacción de fama y/o fortuna (el caso de los maridos de Exotic) sorprende por su conformidad y sumisión. Esta especie de vaqueros postmodernos, reflejo de una masculinidad titubeante, no dudan en aceptar la lógica del espectáculo por esa promesa de fama. Curiosamente, y la serie se encarga de enfatizarlo brillantemente, ese deseo de reconocimiento, fama y fortuna no se entiende como el arribismo que conocemos, donde las condiciones materiales son parte importante del deseo de ser más, de subir en la escala social. Acá, los personajes pululan en galpones horrendos, condiciones de higiene deplorables, sucios y desdentados, entregados al anhelo de reconocimiento social que Exotic encarna en sus deseos políticos pero que no se traduce en superación social. Es la vulgaridad en su grado cero, el paisaje que está en la base de la pirámide social de los EEUU. Quizás no fue la intención, pero Rey Tigre se ganó de este modo el título de ser la mejor (peor) pesadilla americana vista en años. Que ya esté en marcha la serie de ficción con Nicolas Cage de protagonista, es la mejor prueba de aquello.
Rey tigre
King tiger: Murder, Mayhem and Madness
Serie documental de Netflix en 7 capítulos y un epílogo.
Dirección: Rebecca Chaiklin y Eric Goode
Elenco: Joe Exotic, Carole Biskin, Jeff Lowe, “Doc” Antle, John Finlay.


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