[Series] High Fidelity: Las políticas de lo cool

No hay que explorar demasiado para entender el por qué Alta fidelidad (Stephen Frears, 2000), se convirtió en un estandarte generacional de los hombres que en ese tiempo bordeaban la treintena. Su exploración de la ética del fracaso no como ejercicio de autoindulgencia, sino como una decisión ética de oponerse al exitismo neoliberal, caló hondo porque esa posición frente al mundo se traducía en algo aparentemente tan inocuo como hacer listas de canciones. Interminables listas en que literalmente se te podía ir la vida para interrogarte sobre tu relación con las mujeres y cómo veías el mundo.

En ese sentido, el Rob Gordon que encarnó John Cusack, fue mucho más que un alter ego cool. A partir de los restos de la generación X ilustró un posible camino de disidencia que era más político de lo que alcanzamos a vislumbrar en ese momento. A dos décadas, esa derrota como hombre y como sujeto económico adquiere un nuevo significado en este actual paisaje en ruinas del capitalismo tardío.

La decisión de realizar esta serie de la novela de Nick Hornby y hacerla muy apegada al filme en cuestión, es lo primero que salta a la vista y define de entrada sus limitaciones. El cambio del protagonista original a mujer dice mucho de responder con corrección política a los tiempos presentes, tal como los guiños a la diversidad racial y sexual que ofrece. Zoë Kravitz es guapísima, tiene carisma y es tan cool como Cusack, pero su derrota afectiva es tan impostada como anecdótica.

La serie original de Hulu comienza con la ruptura de Rob con su reciente novio (y al parecer el más importante), lo que la lleva a examinar las razones de sus fracasos anteriores preguntándole directamente a sus ex. A través de escenas casi calcadas del original y con secundarios intentando reflejar el mismo esquema anterior, la serie se esfuerza en entregar un amplio crisol de referencias pop donde la selección musical está bien conformada y tiene una presencia excluyente en los largos comentarios de sus protagonistas sobre todo tipo de trivia musical (van desde David Bowie a Nick Drake, pasando por Fleetwood Mac, Frank Zappa, Outkast y Prince). El problema es que nunca deja de ser un ejercicio de enciclopedismo que no explica el mundo en que viven. El Rob Gordon de Cusack hacía listas de canciones para intentar explicar ese malestar interno: como un imaginario coach personal que le ayudaba a descifrar su torpeza con las mujeres, su inmadurez crónica y la pretendida autosuficiencia para ver el mundo. En esas canciones escogidas, estaba su ADN emocional más profundo.

Por el contrario, al personaje de Zoë Kravitz las listas le permiten ejercitar su autocompasión. Desde su confortable departamento y sus siempre oportunos pitos de marihuana, examina sus fracasos y les pone música. Nada más. Nunca logramos conocer la banda sonora que le envía a su ex novio y ese detalle es crucial porque no es relevante. Su Rob no tiene conflictos ni luchas que dar (y que perder). Su desconexión con el mundo real explica que lo suyo es más bien una moral del aburrimiento y en eso, la serie describe bien a esta generación llena de malestar pero poco preparada para el sufrimiento real.

La disquería Championship vinyl de Cusack estaba ubicada en un barrio poco comercial de Chicago. Era un negocio marginal y romántico, una quijotada fuera de cualquier moda imperante. La tienda de Kravitz, por el contrario, se ubica en un barrio gentrificado de Brooklyn, el condado de moda en NY, en tiempos en que el negocio del vinilo ha resurgido como una industria global de gran alcance y grandes precios. Consumir vinilos hoy es la condición definitiva del nuevo melómano, lo que te da verdadero estatus. Esa sola comparación echa por tierra la pretendida similitud entre serie y película: la evolución neoliberal en el terreno cultural ha convertido la épica marginal de la tienda de discos a punto de cerrar en un negocio cool tal como el café ondero o la tienda de diseño. Ahí no hay nada parecido a la derrota.

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Pero no todo es un despiste. Al carisma de sobra de Kravitz, la serie juega como otras producciones recientes como Fleabag en romper la cuarta pared, y hablarle directamente al espectador. Si bien Cusack también lo hizo en su momento, es un recurso que le da frescura y liviandad y pudo ser más aprovechado (quizás es injusto el paralelo con Fleabag, porque en esta serie es un efecto extraordinario de empatía dramática con el espectador). Con los dos compinches que secundan a Rob hay aciertos y oscuridades. El personaje de Simon (David H. Holmes), el tímido vendedor al que le cuesta salir del closet, tiene mayor desarrollo que su símil en la película de Frears y está bien perfilado en su dubitativa mezcla entre simpleza y vulnerabilidad. Opuesto a Cherise (Da’Vine Joy Randolph), la versión femenina del Jack Black del filme, igual de sobregirada pero con todos los clichés imaginables al estereotipo afroamericano que vemos en los filmes.  También es un acierto la breve duración de los capítulos, cerca de los 30 minutos, pero es básicamente porque la serie tiene poco más que decir.

En la moda recurrente de hacer reboots o remakes de filmes al formato serie , Alta fidelidad era quizás de las que a priori tenía menos posibilidades de arrimar a buen puerto. El filme del 2000 era un retrato generacional y romántico que se convirtió en un artefacto anticipatorio de un malestar político-económico que se hizo patente luego de la crisis del 2008, y que anticipó la creciente resistencia a un modelo que prometió exitismo pero que en realidad ofreció precariedad. En esa lógica, la serie es apenas un tímido juego de referencias pop que reemplazó el humor negro y el sentido de derrota del anterior por un guión sin nervio que privilegia los paseos por un Brooklyn gentrificado y multicultural, tal como nuestro barrio Lastarria. Eso da una medida de cómo un ejercicio de actualización de un producto probado puede ser la peor de las decisiones.

High Fidelity

Plataforma: Hulu

Basada en la novela homónima de Nick Hornby

Showrunners: Sarah KucserkaVeronica West

Elenco: Zoë Kravitz, David H. Holmes, Da’Vine Joy Randolph, Jake Lacy, Kingsley Ben-Adir.


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