Malformados: Reflexiones sobre lo normal en un juego de proyecciones

Roberto Hoppmann es un conocido cirujano plástico con pasado en televisión y que desde hace 6 años dirige el Centro Cultural Taller Siglo XX. Es una figura singular, entusiasta filántropo y promotor de este espacio que, en gran parte, lo impulsa de forma privada. La filantropía cultural en el país es prácticamente inexistente (es uno de los puntos débiles de nuestro marcado asistencialismo cultural) y por ello los esfuerzos de Hoppmann para mantener el centro son valiosos en la medida que la realidad de los centros culturales o teatros independientes es muy precaria y se ha fragilizado más aún con la suspensión de la programación luego del estallido social.

El Taller Siglo XX se ha orientado principalmente a compañías emergentes, y esta decisión, que ha sido su sello editorial identificable, ha sido también su principal limitación, puesto que en muchas oportunidades se han presentado montajes con ideas difusas y lenguajes balbuceantes, que han dejado más dudas que certezas sobre la emergencia de nuevas propuestas en el teatro local. En ese contexto, Malformados se estrena como la primera producción propia del espacio en lo que es un notorio esfuerzo para generar una idea más radical de puesta en escena y dramaturgia. Y el punto clave es que es en torno a la figura de su dueño-gestor.

Se trata de una experiencia mitad ficción y mitad testimonial, pero sin ser para nada teatro biográfico. Se narra la última etapa de un cirujano plástico cuando las destrezas comienzan a fallar: sus recuerdos, logros, experiencias y temores ante el fin de un trabajo. Hoppmann se transmuta en el doctor H, un cirujano preso de más dudas que honores por lo realizado, y que indaga en el significado de la normalidad y lo que entendemos por belleza. Ese desplazamiento desde el testimonio o de la experiencia personal hacia un territorio ficcionado con todas las libertades que ese tránsito permite, logra escenas de atmósferas extravagantes y lynchianas en que el resto del elenco aporta un matiz quizás ornamental pero atractivo. Este toque de “rareza” es leve pero posee una visualidad interesante que hace al experimento un amable juego de proyecciones entre lo real y la representación.

Lo que le da sustento a esta idea es la puesta en escena construida como si fuera un quirófano real. El escenario y el espacio de butacas del teatro fue cerrado (incluyendo un emparejamiento del piso) y convertido en un solo espacio, haciendo desaparecer el cuarto muro ausente. Los espectadores se sientan en sillas a los costados (solo caben 22) y dentro de él hay sillones de operación, luces de quirófano y los proyectores con que los actores muestran diapositivas de pacientes con diversas malformaciones, y que además se encargan de iluminar el espacio. La experiencia es sugerente y el diseño escénico permite adentrarse desde lo sensorial evadiendo el riesgo del morbo.

En este nivel, el doctor H es un personaje preso de sus fantasmas personales y al miedo de no poder operar nunca más. Sus conjeturas sobre lo que es realmente una malformación congénita o lo que entendemos por ella se refuerza por la presencia del actor Rodrigo Velázquez (El otro, Fulgor), como una especie de proyección sobre los miedos que genera esa diferencia de cuerpos. Ese aspecto imaginado, de repensar al otro desde un cuestionamiento sobre lo normal, resulta interesante como estrategia escénica y sin profundizar demasiado, el montaje lo instala desde un territorio exploratorio de recursos visuales, sonoros y lumínicos.

En el otro nivel, Hoppmann recuerda casos de su carrera con imágenes proyectadas de sus pacientes, comentando aspectos específicos de sus malformaciones y cómo logró corregirlas. Rememora sus estudios en Francia con su maestro y reconstruye a través de una entrevista un proceso de cambio de sexo que le tocó operar. El tono acá se hace más coloquial (en lenguaje de ponencia, como dice su subtítulo) y esa información más objetiva intenta ser presentada con procedimientos de ficción (el diálogo en francés, el uso de la luz), generando más  confusión que claridad porque ese desplazamiento entre lo ficcional y lo testimonial resulta no ser tan evidente.

La pregunta que queda resonando es si era necesario oponer ambos personajes (Hoppmann el real, y su alter ego ficticio) en un texto dramatúrgico que es deliberadamente fragmentado y episódico y donde el testimonio (o lo “real”) intenta ficcionarse en sus procedimientos. De fondo, y creo que esto es crucial,  el eje del montaje es que trata de un cirujano conocido y la tentación a hablar de su vida es atractivo y “vendedor”, pero al presentarse en parte desde su otro yo ficcional, los territorios se desdibujan porque la puesta en escena (diseño, actores, uso expresivo de recursos) apunta a la representación de su experiencia y no a lo testimonial. Un efecto opuesto es el que se logra en Animales invisibles, por ejemplo, donde los técnicos del Teatro Nacional (anónimos, poco visibilizados) juegan a ficcionar unos personajes muertos para dar a entender el contexto de su oficio. El hecho de no tener una historia conocida hace que su “juego” escénico tenga la potencia necesaria para dejarse llevar por el dispositivo. En el caso de Hoppmann, esa cualidad se pierde en parte porque la persona ya tiene bastante de personaje y así el juego de lo representado se difumina generando un diálogo entre ambos niveles no siempre bien resuelto.

En ese sentido, el texto a cargo del director Alexis Moreno (Los millonarios, Perlas para cerdos) y la dirección de Constanza Thümler (Nahuelpán) parece querer enfatizar la exploración de una idea escénica desde la visualidad como prioritario, y quizás por ello el texto es suntuoso pero no profundiza mayormente en un tema atractivo de por sí. Con sus irregularidades y considerando que es un ejercicio delicado porque el riesgo del egocentrismo es latente, se trata de un experimento atractivo al tensionar la imagen de una figura pública y las posibilidades de su escenificación como un juego de espejos, planteando una serie de preguntas (no siempre respondidas) sobre lo privado y lo público, lo real y lo re-construido.

Malformados. Ponencia de un cirujano plástico

Dramaturgia: Alexis Moreno.

Texto ponencia: Constanza Thümler y Roberto Hoppmann.
Dirección: Constanza Thümler.
Elenco: Roberto Hoppmann, Mario Olivares y Rodrigo Velásquez.
Diseño espacio: Marcos Guzmán.
Diseño iluminación: Francisco Herrera Estay.
Diseño de vestuario: Daniel Bagnara.
Diseño sonoro: Hugo Alfaro Parra.
Producción: Romané Guzmán.
Asesor de diseño: Cristian Mayorga.

Taller Siglo XX. Hasta el 15 diciembre. Miércoles a viernes, 16:00, sábados y domingos, 18:00


Comentarios

Una respuesta a “Malformados: Reflexiones sobre lo normal en un juego de proyecciones”

  1. Avatar de Manuel Evangelista Silva Guzmán
    Manuel Evangelista Silva Guzmán

    Se y estoy seguro de la experiencia que me estremece hasta mi propio ser que estaremos allí contigo y los otros

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