Caballo: Nuestra autoflagelante condición patria

En una realidad como la chilena, desconcertante hasta el delirio, no logramos acariciar un deseo cuando ya lo estamos torpedeando con impulsos contrapuestos; pasamos de querer una sociedad y constitución que resuelva las injusticias crónicas a votar conscientemente por mantener el statu quo.

Navegando en esta proverbial tendencia a la autodestrucción, como lo advirtió Bolaño, la obra Caballo de la compañía Teatro Ictus, retoma esta pulsión dicotómica en un registro que, como chilenos, nos viene como anillo al dedo: el humor absurdo. Bebiendo explícitamente de la imaginería creada por el dramaturgo Jorge Díaz (no por nada ex integrante de Ictus), la obra pone en escena la figura simbólica más en disputa de los últimos tiempos: el caballo de Plaza Dignidad/Baquedano.

Una mujer de la tercera edad (María Elena Duvauchelle) enarbola una bandera chilena arriba del caballo. No sabe bien por qué y cuál es el contexto ni menos el tiempo que transcurre. Una joven militar (Paula Sharim) la insta a que se baje y ella se niega. Esa breve anécdota va formando diversas asociaciones alegóricas donde se mezcla la historia y política reciente con esa sensación de orfandad emocional que en tiempos agitados resurge como un látigo. Detenidos desaparecidos, padres ausentes, amores pasados y la discusión política de los últimos cincuenta años se exponen de manera fragmentada, como un limbo en que lo absurdo va permeando esta sensación como una forma de explicar esta particular idiosincrasia nuestra: la presencia de Dios y el Diablo van construyendo espacios donde se ejemplifica esta condición de desorientación vital que parece aprisionarnos como país.

Crédito: Nathaly Arancibia

La pluma ágil e imaginativa de Emilia Noguera fluye en esta comicidad absurda conectándose con la tradición de Ictus, lo que no es menor, ya que los momentos de mayor gloria de la compañía se levantaron sobre esta combinación entre una sutil ironía social y un humor transversal y absurdo para dar cuenta de una perspectiva fuertemente política. Es un estilo crítico y mordaz que se nutre de intérpretes sueltos y con oficio, los que exploran con agudeza este carácter sinuoso donde se entreteje la memoria (o la falta de ella), la frivolidad y el escaso aprendizaje como sociedad. Pero a diferencia de esas otras obras que cimentaron la fama de Ictus (Lindo país esquina con vista al mar, Pedro, Juan y Diego), los confusos tiempos actuales arrastran tras de sí contradicciones respecto a la responsabilidad que a todos los sectores, políticos y ciudadanos, nos caben en esta sensación actual de desamparo, ejemplificada de manera brutal en el fracaso constituyente. De ello, Caballo apenas esboza ciertas ideas sin indagar en esta pulsión autodestructiva que nos impide crecer como sociedad.

Por momentos, el énfasis alegórico se vuelve naif y un poco anacrónico, y en sus mejores momentos brilla esa sensación de confusión y de circularidad que nos hace enarbolar una bandera sin saber por qué. Más aún, Caballo indaga como en otros montajes recientes con la condición espectral con que convivimos a diario: nuestros fantasmas personales y colectivos que nos acechan y no nos dejan -quizás- pensar con mayor lucidez.

Funciones en @teatroictus hasta 30 mayo, jueves a sábado.

Dramaturgia y dirección: Emilia Noguera
Asistencia de dirección: Camila Oliva
Elenco: María Elena Duvauchelle, Roberto Poblete, Paula Sharim, Daniel Muñoz,
Nicolás Zárate, Camila Oliva
Diseño integral: Cesar Toro
Realización escenográfica: José Miguel Carrera
Realización de vestuario: Javiera Labbé
Música y Diseño Sonoro: Andrés Abarzua & Felipe Bribbo
Diseño gráfico: Cesar Toro
Producción: Catalina Tapia
Comunicaciones: Sofía Oksenberg
Adaptación sonora y técnica: Lenin Silva
Técnico iluminación: Matías González
Tramoya: Nelson Vargas


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