A estas alturas, más que un personaje universal Hamlet es un concepto. Uno que puede significar muchas cosas y y nada a la vez. Su sola evocación trae aparejada cuestiones trascendentes que en tiempos borrascosos resuenan como un coro epocal: la ambición por el poder, la violencia, la corrupción, la culpa. Sus contornos trágicos encajan como el correlato de una realidad que se nos desborda en su abyección. Como hoy. Como hace cinco años, como hace cincuenta. Como siempre.
Ese es el gran peligro. ¿Cómo adaptar un texto que parece tener respuestas para todo? La condición humana es su más pornográfica evidencia está resumida en la tragedia del joven príncipe de Dinamarca pero, por lo mismo, deja la pregunta resonando de si no se trata de una camisa de fuerza demasiada cómoda, una pieza modélica que conlleva el riesgo de convertirse en un vehículo de prestigio pero que ya ha agotado sus posibilidades.
Puede sonar sacrílego dudar sobre los alcances de un texto como Hamlet. Más bien, la pregunta es bajo qué circunstancias es válido traer hoy a Shakespeare. O quizás al revés: ¿cuánto riesgo hay de traer de vuelta a este texto-radiografía?

“Hamlet-Multitud” es un montaje nacido en la Escuela de Teatro UC y dirigido por una especialista en Shakespeare, la directora y docente Claudia Echeñique. En su elenco se combinan algunos egresados y profesores de dicha escuela, y ese detalle podría dar pistas sobre sus opciones y énfasis. La interrogante inicial es saber si este “contexto pedagógico” (por decirlo así) permite grados de autonomía y libertad como para enfrentar una transformación muy radical, o si más bien se trata de homenajear la grandeza del texto con algunos maquillajes para que resuene más contemporáneo.
Esta contradicción, vista en muchas versiones de los últimos años (una excepción es la versión de 2013 de Gustavo Meza y Raúl Zurita), es un rasgo que también aparece en casi toda la extensión del montaje. En las informaciones previas se hace énfasis en el carácter colectivo tras la tragedia de Hamlet, en “cómo un país puede estar implicado en la muerte de un rey”, lo que llevaría a reflexionar sobre el origen de la corrupción en una sociedad y no como una gesta individual sobre la venganza.
Este Hamlet (Vicente Almuna) reconduce su viaje marcado por la venganza hacia un espacio en el cual resuenan las voces de ese sentir colectivo, representado por un pequeño coro y ensamble musical. La dimensión coral-narrativa sugiere guiar el texto hacia un territorio novedoso pero que se revela como un aporte reducido y estático que más parece un anacronismo que un gesto renovador (aunque el uso del coro no es originario del teatro isabelino sino más bien procede del coro griego). La puesta en escena también parece sugerir un gesto ambivalente, un escenario muy minimalista con un pequeño escenario de madera que se aprecia muy anticuado como recurso.

El elenco es heterogéneo y de calidades diversas, destacando por su presencia el fantasmal rey que interpreta Willy Semler, con una impronta fatalista que tiene un correlato potente en la gestualidad del avezado actor. Es un buen contrapunto a la ligereza de Polonio, servido con gracia por Gonzalo Robles. Por otro lado, Hamlet y Laertes (Camilo Carmona), quienes conducen el caudal dramático más importante, oscilan entre una cierta contención y unos desbordes por momentos excesivos, que no sintonizan bien con el tono general que ha explicitado más la idea de lo colectivo que el enfrentamiento personal.
Con las irregularidades descritas, el montaje logra recomponerse en un ritmo sostenido que la hace ágil y efectiva, pero en su sentido general las intenciones se ven traicionadas por una puesta en escena muy tradicional que deja poco espacio para esas actualizaciones que promete en el papel, y donde los momentos en que se fuerza una mirada actualizada como en la alusión a las condiciones mediáticas de estos tiempos, si bien tiene gracia hubiera sido mejor haberlo escenificado que solo quedar en palabras.
Pretender que esta contemporaneidad se introduzca por los pliegues del texto exige definiciones claras respecto al tono general del montaje, y esa aclaración posdramática del grupo de actores que decide reflexionar sobre el sentido y vigencia de la obra, no parece tan coherente con esos postulados. La tentación de hacer del distanciamiento dramático un recurso para repensar el sentido original se ha probado ya demasiadas veces como arriesgado si es que no es sostenido en la estructura general de la obra.
Pensar en las formas en que un texto canónico dialoga con su tiempo es un ejercicio complejo que requiere una minuciosa correspondencia entre forma y discurso. En “Hamlet-Multitud” la atractiva idea de revisionar el sentido del texto choca con decisiones formales que se aprecian muy tradicionales y eso conspira con la idea de interpelar al presente.
¿Será que hoy ni siquiera el descarnado diagnóstico que hizo Shakespeare en su momento de la condición humana logra dar cuenta de la maldad, sadismo y violencia que vemos a diario? Quizás la pregunta, más que pensar en cómo adaptamos a Hamlet hoy, es: ¿qué leemos de él?
Hamlet-Multitud
Dirección Claudia Echenique
Elenco Gonzalo Robles, Willy Semler, Ximena Rivas, Vicente Almuna, Ignacio Galarce, Consuelo Carreño, Camilo Carmona, Valentina Nassar, Eduardo Vial
Coro ciudadano Francisca Flores, Fabián Fica, Sofía Contreras
Dramaturgia Jonathan Aravena
Producción general Trinidad Urzúa
Música Benjamín del Río, José Tomás Célis
Diseño escénico integral Cristóbal Ramos, Daniela Portillo
Teatro UC, Sala Eugenio Dittborn.
Miércoles a sábado, hasta el 26 de julio. 19.00 horas.


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