Uno de los ejes cruciales del teatro contemporáneo (y de lo que pueda entenderse por él) ha sido la reflexión en torno a los mecanismos de su representación. Por qué se pone en escena lo que se pone, cuáles son sus costuras y cómo se evidencia su propia ficción en la construcción de la dramaturgia. Nuestra escena local, generalmente compañías jóvenes y emergentes, ha sido pródiga en explorar este camino aunque pocas veces su reflexión ha conducido a resultados interesantes.
Esta idea viene a colación con dos montajes que se presentan estos días en Santiago a Mil que buscan pensar sus propias materialidades. En una de ellas, Cuando pases sobre mi tumba, la construcción de la obra gira en torno a la idea de autoficción, que es la combinación de hechos reales o biográficos con otros propiamente ficcionales, que es el sello por el que su autor, el uruguayo Sergio Blanco, es reconocido a nivel mundial. El otro montaje es La condición humana, del argentino Lisandro Rodríguez, que desde una vertiente posdramática examina los mecanismos de lo representado en escena.

Blanco es una visita frecuente de Santiago a Mil. El año pasado presentó El bramido de Düsseldorf, sobre la muerte del padre del autor, y además se estrenó una versión local de su texto Kassandra (uno de los mejores montajes de la temporada). En Cuando pases sobre mi tumba, la sala del Teatro Mori Parque Arauco nos recibe con los 3 actores tocando en un eterno loop una de las canciones del montaje. Parece un ensayo o una suerte de prólogo amable y distendido de lo que veremos, una obra que reflexiona sobre cómo administramos nuestra muerte y ansiamos el amor en ese proceso. Lo lúgubre queda descartado de entrada, porque lo que nos propone el dramaturgo uruguayo es un ágil juego en que los distintos niveles ficcionales juegan permanentemente a confrontar los supuestos datos autobiográficos.
A Blanco le gusta definir su concepto de autoficción como una “ingeniería del yo”, en que esta dramaturgia sobre él mismo como personaje principal, apunta más a un sistema autorreferencial que a una idea autobiográfica en sí. Con ello, busca tensionar la representación y los límites de lo que se entiende por verdad y falsedad escénica.
En Tebas land, presentada en el país el 2017, Blanco exponía la construcción de una obra mediante un dramaturgo llamado S. que entrevistaba a un joven preso por haber asesinado a su padre. Tanto la investigación como la construcción de la obra y los datos personales del “dramaturgo” y su vida, eran la propia vida del autor desde la ficción. En Cuando pases sobre mi tumba, el uruguayo extrema el procedimiento al informar, de entrada, que la obra se trata de cómo el mismo Blanco decide poner fin a su vida contratando para ello a una clínica suiza que lo ayudará al proceso de muerte asistida.
Sus tres actores -con sus nombres propios- narran desde esa partida las circunstancias de sus respectivas muertes. Todas ocurrieron cuando iban a ensayar esta obra de Blanco. Uno de ellos, Alfonso Tort, avisa que de ahí en adelante será Sergio Blanco, por tanto, la historia la contará desde una (supuesta) primera persona. La escritura prodigiosa de Blanco alterna con fluidez la representación del texto con un desplazamiento incesante entre primera y tercera persona (el personaje y el actor que encarna al personaje) y la narración de los ensayos como parte del texto (recurso que el propio Blanco lo define como “escenatúrgico”). La historia es la relación de Blanco con el médico que guiará su muerte y con un joven necrófilo iraní, Khaled, que está internado en una clínica siquiátrica en Londres y que siente una particular pasión por los cadáveres. El deseo de Blanco es que una vez muerto, su cuerpo sea enterrado en el cementerio contiguo al hospital siquiátrico para que Khaled pueda profanarlo (o amarlo, según sea visto).
En La condición humana, que se presenta en el Centro de Cine y Creación, un grupo de actores en el patio de una casona parece intentar organizar un relato que asoma errático. Ensayan, enarbolan consignas, evidencian la falsedad de sus procedimientos (como el uso reiterado de un arma para asesinar) y en virtud de su propia ausencia de relato, están permanentemente anunciando que “ahora sí la obra va a comenzar”. Todos sus procedimientos e ideas parecen atropellarse en un mar de ideas nunca resueltas, y parece que esa es la intención. Como dice un texto entregado al final de la función, “Es descontextualizada. Es un documental fake. Es un biodrama fake. Es un ecodrama fake. Es un collage. Es una obra oscura. Es ridícula”.

La idea de un work in progress da luces sobre el espacio utilizado, este patio que contiene elementos que parecen aleatorios: una parrilla, sillas, una juguera, un microondas, una escalera. Todos los recursos y objetos son utilizados sin relación entre sí y esto es enunciado por los actores. Si hacemos un ejercicio de intentar adivinar qué hay tras esta (des) organización ficcional, podríamos encontrar ciertos fragmentos de un discurso generacional teñido de urgencia y desesperación: el uso confuso del lenguaje, la recurrente diatriba por la violencia estatal y policial, el alegato por el libre albedrío sexual, los prejuicios y violencias contra el pueblo mapuche, y otros lugares comunes que son paisaje recurrente en cierto teatro que habla más de lo expone.
Esta idea del no discurso como discurso, para evidenciar las contradicciones de la sociedad contemporánea y su crisis de sentido, podría ser una idea interesante pero sucumbe a la problemática de la representación teatral y los límites de la “verdad” en escena que insistentemente, nos dicen que nada es lo que es. Al romper el vínculo básico con el espectador, todo termina siendo carente de interés.
Por el contrario, en Cuando pases sobre mi tumba la estructura es primordial. Blanco insiste permanentemente en la permeabilidad de su ficción entrando y saliendo de estos niveles seudo biográficos en que está el Sergio Blanco personaje y los actores. Las referencias a sus otras obras son permanentes aunque se disfruta igual sin haberlas visto. En una escena, el actor que interpreta al doctor Godwin corrige al actor que interpreta a Blanco, diciendo que “el autor no hizo eso”. Ese actor, Gustavo Saffores, encarnó a Sergio Blanco en El bramido de Düsseldorf, generando esos cruces hipertextuales que tanto gustan al autor.
Este desplazamiento entre la escena ficcionada y la que se describe esta escena -a menudo donde se desplaza también el narrador- es liviana y legible, como un juego de muñecas rusas donde la imagen, el humor y la música operan como recursos que siempre están diciendo algo más (o algo menos) de lo que se enuncia. La erudición de Blanco es también un recurso importante, siendo la referencia a Frankenstein, de Mary Shelley, el principal eje. La clínica donde Blanco realizará su muerte asistida está en el lago Ginebra y desde ahí se puede ver la mansión de Lord Byron donde Shelley escribió su novela. Asimismo, el doctor Godwin es llamado así por el padre de la escritora victoriana, y Blanco le regala a Khaled una versión en persa del libro que establece el vínculo con la idea de la mortalidad y el cuerpo, y de los impulsos eróticos y pasionales.
A través de sus sucesivas obras, el dramaturgo uruguayo ha ido afinando un sistema más ambiguo en la frontera de las referencias “reales” y las que no, jugando con la participación del espectador de manera activa para construir una ficción sinuosa y vitalista, a menudo reflexionando sobre los alcances del amor y la muerte, como dos energías contrapuestas. En esa lógica, Cuando pases sobre mi tumba es la más completa de todas, un espectáculo ágil de notable escritura que nos conduce con suma facilidad de un lado a otro en su peculiar idea de la representación teatral.
Cuando pases sobre mi tumba
Dramaturgia y dirección: Sergio Blanco
Elenco: Alfonso Tort, Gustavo Saffores y Enzo Vogrincic.
Funciones en Teatro Mori Parque Arauco.
La condición humana
Dirección, dramaturgia y puesta en escena: Lisandro Rodríguez.
Elenco: AUKANAW_ , Nicolás Fuentes, Soledad Gaspar, Antonio Hortal, Luzma Moreira, Anahí Ortúzar, Ada Matus, Pamela Orozco Donoso y Álvaro López
Funciones en Centro de Cine y Creación, hasta domingo 26.


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