Esta es la segunda obra creada a partir de una coproducción entre Puerto de Ideas, el Teatro del Lago de Frutillar y la Corporación Cultural de Quilicura, bajo la idea de construir un puente entre la ciencia, el arte y la formación de audiencias. La primera, Réplica (2018), abordó la inteligencia artificial, y en este caso Greta (que además inaugura la sala Mori Recoleta) busca acercar el conocimiento en torno a estos extraordinarios mamíferos marinos y la protección de su ecosistema.
Es un tema acuciante y en tiempos de crisis ecológica global, dota al montaje de una urgencia casi desesperada. Pero también corre el riesgo de presentar un costado cargado a lo pedagógico para acercar las audiencias a la ciencia, elemento que justamente debilitaba la intención de Réplica al situarse desde del énfasis más por ilustrar el tema más que por organizar dramáticamente su material.
Greta se llama así por el esqueleto de ballena que está en el hall central del Museo de Historia Natural, la que a su vez fue bautizada con ese nombre en honor a la antropóloga Grete Mostny, antigua directora del museo. La historia gira en torno a una familia de cuatro mujeres: una madre y sus tres hijas, donde todas están vinculadas fuertemente con el mar y la ciencia. Ocurre que la menor de ellas, Delfina (Daniela Lhorente) está teniendo un comportamiento extraño en que por las noches sale a bailar a la orilla del mar y supuestamente toma contacto con las Trempulcahue, las machis que en forma de ballenas están encargadas de guiar a las ánimas hacia su descanso. Esto despierta la alarma en su madre, Greta (Coca Guazzini), quien llama a sus otras dos hijas (Carmina Riego y Katherine Salosny), ambas biólogas marinas y quienes regresan a la casa de la costa.
Como puede inferirse, estamos frente a un texto situado casi completamente desde lo femenino. La ausencia del padre y la presencia de una ballena que ha varado en la playa frente a la casa (un ejemplar de ballena jorobada hembra) no es casual y pronto tiene su explicación: se trata de la misma ballena que supuestamente mató al padre hace varios años, explicación instalada como verdad familiar. La obra se sitúa así en un singular espacio de drama familiar marcado por este elemento sobrenatural. Todas las hijas han crecido marcadas por el amor del padre hacia las ballenas y en especial a esta ballena también llamada Greta que parece haber sido una especie de obsesión y luego transformada en verdugo. Ahora, ella está en peligro y es un deber devolverla al mar.
La premisa es descabellada pero atractiva. La madre es una mujer sin vocación maternal a la que hoy sus hijas le recriminan su distancia afectiva. Es un personaje hostil y descreído que recuerda levemente a la Martha de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? y cuyo resentimiento por la desaparición del esposo deja traslucir una insatisfacción general con la noción comúnmente aceptada de la familia convencional (no por nada las tres hijas son personajes solitarios y marcados por una temprana frustración).
SI bien parecen caminos improbables, el drama familiar femenino y la historia de la ballena varada coexisten con naturalidad porque esta última se presenta como parte de una realidad más allá de la comprensión humana, que si bien determina aspectos de las vidas de estas mujeres, no conflictúa al tema de fondo que es el ajuste de cuentas entre madre e hijas y el develamiento de una incómoda verdad sobre la figura del padre ausente. Desde esa óptica, curiosamente más que un drama femenino parece un relato sobre una figura paterna demasiado significativa y dominante. Esto hace a la obra más convencional de lo que promete y si bien en el papel pudiera ser un error (se trata al fin de cuentas de una historia sobre ballenas), se agradece que la dramaturgia de Ximena Carrera no busque generar una didáctica sobre la vida de los cetáceos (pese a que los personajes dan info concreta al respecto) y la sitúe en un terreno misterioso más vinculado con un aspecto telúrico y mítico.
El alejamiento de las certezas cientificistas está bien apoyado por una puesta en escena que dentro de su realismo enfatiza con leves toques su cualidad levemente sobrenatural: la lluvia invasiva, la banda sonora ambiental, la iluminación de tintes expresionistas y las proyecciones de cetáceos que dan cuenta de una dimensión ligeramente fantástica que permite dar credibilidad a un relato que, en otro contexto, podría parecer exagerado.
El fascinante mundo de los cetáceos ha estimulado el subgénero de los relatos marinos con una épica personal y una forma de abordar, desde la literatura, al siglo XIX y su desarrollo hacia la sociedad industrial. La potente imaginería desde Moby Dick estimula la imaginación de los hombres hacia un territorio marcado por el misterio y la fascinación por la inteligencia de las ballenas, y en esa senda Greta se inscribe con una tangencial aproximación a ese mundo poblado de mitos y donde el folclor de nuestros pueblos originarios es fecundo al respecto, como la figura de Mocha Dick, la que ya inspiró el aplaudido montaje de La mona ilustre.
Así como hay un tono y una puesta en escena que predispone a las zonas inciertas (lo que no deja de ser atrevido si se trata de un proyecto de ciencias+arte), el desempeño actoral y la frialdad de la dirección opera desde una contención que nunca se aleja de la zona de confort. El amplio espacio y una proyección sugerente no alcanza generar un contrapunto con las emociones de estas mujeres marcadas por una obsesión masculina que no se desarrolla. Los personajes parecen responder a perfiles pensados muy esquemáticamente y que de ahí no se escapan ni se desmadran (la solitaria renuente al compromiso, la lesbiana que no sale del clóset), estableciendo la radiografía de una extraña pero a fin de cuentas muy normal familia, la que es servida con energía plana por su elenco (Coca Guazzini en un papel que le hemos visto ya demasiadas veces).
Como experiencia fronteriza entre la necesidad de divulgación científica y su correlato desde la representación, el resultado es más satisfactorio que Réplica porque no se excede en información ni redunda en afanes didácticos. Pero al igual que ella, hay un exceso de racionalidad en la forma de interrogar este cruce que supuestamente busca estimular la imaginación del espectador y su conocimiento. Es un ejercicio bello y suntuoso visualmente al que le faltan personajes con -paradójicamente- más carne humana.
Greta
Sala Teatro Mori Recoleta
21 de junio al 28 de julio. Jueves a sábado, 20.30 horas, domingo, 20.00 horas.
Idea original: Ximena Carrera y Javier Ibacache
Dramaturgia: Ximena Carrera
Dirección: Constanza Brieba y Jorge Díaz W.
Con Coca Guazzini, Kathy Salosny, Carmina Riego y Daniela Lhorente
Música: Miguel Miranda
Diseño de iluminación: Francisco Herrera
Diseño de vestuario: Elizabeth Pérez
Realización audiovisual: Oscar Llauquén


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