La copiosa nevazón que caía sobre Nueva York esa noche de febrero de 1972 poco tenía que ver con el calor que emanaba del club de jazz Slug’s, en Manhattan, un pequeño lugar donde el público se agolpaba para ver el regreso de Lee Morgan luego de varias temporadas en el infierno. El talentosísimo trompetista hard bop tenía apenas 33 años pero cargaba con la experiencia de varias vidas en su espalda. Había tocado el cielo a los 18 junto a Dizzy Gillespie, y luego se convirtió en sidemen de John Coltrane y los Jazz Messengers, donde fue considerado a la par de Miles Davis, pero luego perdió carrera, amigos y hasta los dientes por su adicción a las drogas. Fue Helen, su mujer 13 años mayor, quien lo había sacado de allí y le dio un segundo aire cuando no tenía ni donde vivir.
Pero en este invierno de 1972 Morgan estaba de vuelta. Junto a sus antiguos compañeros de banda había regresado al ruedo y esos conciertos en el Slug’s habían generado expectación. Durante el intermedio, el trompetista conversaba animadamente con su amante en la barra cuando Helen entró al club para pedirle explicaciones. En medio del ruido ambiente se escucharon dos disparos y el ruido sordo del arma cayendo al piso. Morgan alcanzó a respirar unos minutos antes que llegara la ambulancia. La mujer que lo había levantado del suelo, lo había cuidado y reimpulsado su carrera, ahora lo asesinaba a sangre fría. ¿Era un simple crimen pasional o algo más se escondía en esta trágica historia?
Helen Morgan fue condenada, pasó seis años en prisión y en 1978 volvió a su natal Carolina del Norte, se hizo metodista y enterró en el olvido el crimen de su pareja. Pasaron los años, se hizo abuela e incluso entró a la universidad. Un día de 1990, mientras estaba en una clase con un profesor experto en jazz, Larry Reni Thomas, le mencionó que era la viuda de Lee Morgan. Thomas le pidió entrevistarla y ella dijo que lo iba a pensar. Seis años después, en 1996, le contestó que sí. Esa conversación, donde Helen narró su dura infancia, su matrimonio a los 16 años y su viudez antes de los 20, se convirtió en “The lady who shot Lee Morgan”, una larga entrevista publicada en 2014 que inspiró al filme “I called him Morgan”, de Kasper Collins, considerado el mejor documental de jazz de 2017.
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=yxLByThNvWU&w=560&h=315]
Lee Morgan fue de esos músicos marcados por una precocidad sorprendente. A los 14 recibió su primera trompeta, a los 16 comenzó a tocar profesionalmente y a los 18 fue invitado por Dizzy Gillespie para integrar su orquesta. Su capacidad técnica –con notas fuertes y rítmicas- era tal, que Dizzy le permitió participar en sus propios solos. Su incontenible talento lo hizo grabar ese mismo año de 1956 sus primeros discos como líder, para el sello Blue Note. El genio de Miles Davis aún no eclosionaba y Morgan era el gran trompetista joven que despuntaba, el sucesor del desaparecido Clifford Brown.
En 1957 –con 19 años- formó parte del quinteto con que John Coltrane grabó el clásico “Blue train” y al año siguiente y luego de la disolución de la big band de Dizzy, fue invitado por el legendario baterista Art Blakey a unirse a The Jazz Messengers, una de las agrupaciones más brillantes de la historia del jazz y emblema del hard bop. Morgan firmó el sonido enérgico de su trompeta en tres álbumes inmortales junto a los Messengers: “Moanin”, “A night in Tunisia” y “The freedom river”. Casi al mismo tiempo que Miles inauguraba el jazz moderno con “Kind of blue”, el aporte de Morgan a la banda de Art Blakey, en especial su período en el sello Blue Note, dio paso a uno de los ensambles más virtuosos del jazz, junto a tipos como Benny Golson y Wayne Shorter.
El filme de Collins, que puede verse en Netflix y fue considerado por el Village Voice como uno de los mejores 12 filmes del 2017, narra paralelamente el ascenso vertiginoso y la caída de Morgan como la sacrificada vida de Helen, a través de un tono melancólico que evade la grandilocuencia y tiene a la nieve y el invierno como metáfora de dos vidas que desde la oscuridad lograron desafiar parcialmente al destino. Con apenas 21 años, Morgan fue iniciado en la heroína por Art Blakey y su caída fue igual de rápida que su ascenso. En el mejor momento de la banda, su adicción era tal que llegó a presentarse sin zapatos, porque los había empeñado para comprar heroína antes de un show. Despedido por Blakey en 1961, Morgan se recluyó en casa de sus padres en Filadelfia por dos años, y parcialmente curado de la adicción regresó a Blue Note para grabar a fines de 1963 el disco que lo llevaría al Olimpo: “The sidewinder”.

(Lee y Helen Morgan)
Utilizando el enorme archivo fotográfico de Blue Note, el filme va narrando con gran detalle el enorme talento y la dependencia a las drogas del trompetista, cuya fama y éxito tempranero resultó inmanejable por su desconexión con la realidad. Los testimonios de músicos como Wayne Shorter, “Tootie” Heath, Bennie Maupin y Jymie Merritt, dan cuenta de ese talento sobrenatural destruido por la droga, pero es el audio de la entrevista de Larry Reni Thomas a Helen quien organiza el tono oscuro, de sombrío romanticismo, entre Helen y Lee Morgan.
“Vino a mi casa, y mi corazón sintió pena por él”, dice en un pasaje Helen para ilustrar el momento en que conoció a Lee en 1967, cuando luego de sus álbumes más aclamados (“The sidewinder” y “Searh for the new land”), volvió a caer en la adicción, esta vez de la metadona. La mujer había dejado a sus hijos en Carolina del Norte y tenía un trabajo en una oficina pero era habitué de los clubes de jazz de Nueva York, donde se había hecho conocida por organizar cenas y fiestas en su departamento. En pleno invierno y sin un abrigo llegó una noche Morgan, quien había empeñado la ropa y su trompeta para obtener una dosis. Frágil y desorientado, el músico fue acogido por Helen, 13 años mayor, quien lo “adoptó” y lo llevó a vivir con ella para intentar curarlo. La empresa era imposible, pero logró que volviera a tocar y llevar algo de luz a su alma. Como madre, esposa y manager de mano férrea, Helen operó el milagro de reinsertar a Lee Morgan en la música, pero su estilo rudo, obsesivo y a menudo demasiado práctico para el autodestructivo jazzista terminó por agrietar la relación. Como dice un personaje del filme, mientras Morgan no lograba dejar atrás su dependencia a las drogas, esta mujer pueblerina, de origen humilde y de fuerte carácter “se volvió adicta a Lee”.



Agregar un comentario