El año en series: distopías, racismo y la agobiante realidad

En un año de incertidumbre y crisis, hubo estrenos de alto nivel que describieron este año convulso desde los miedos colectivos, las reivindicaciones sociales y las miradas políticas, y donde el streaming se consolidó como la gran entretención global.

Cuentos sobre el loop (Amazon)

Es cierto, la ciencia ficción de corte más existencialista y que se interroga no sobre los límites de la tecnología, sino que por las incertidumbres que genera un futuro donde el hombre pierde cada vez más la conexión con su ser, lleva algunos años con tipos como Alex Garland (Ex Machina). Pero en esta serie original de Amazon, escrita por Nathaniel Halpern (Legion), se hace una sutil inversión: el género no establece el relato sino que es la escenografía para instalar preguntas básicas.

Un centro de física experimental que contiene una matrix que busca responder a los misterios del universo, se ubica en un pequeño pueblo donde sus habitantes se enfrentan a preguntas por lo general sin respuestas como la inevitabilidad de la muerte o la fugacidad de los momentos felices. Con ritmo cansino, el uso de silencios y una música melancólica y emotiva (gentileza del maestro Philip Glass), la serie va cautivando a medida que nos vamos despojando de certezas: no importa tanto lo que se narra sino cómo entreteje las hebras emocionales para respondernos lo que a menudo no tiene respuesta. Es la anti tv de fórmula, esa que busca hacerte sentir bien y que cierra todas sus historias sin dejar nada suelto. Acá hay riesgo, poesía y belleza a raudales. Magnífica.

The Eddy (Netflix)

Uno de los momentos cinéfilos del semestre fue el estreno de la primera serie producida por Damien Chezelle (La La Land, Whiplash). Con poca promoción de Netflix al momento de su lanzamiento, The Eddy es muy distinta a lo anterior del director y eso la convierte en una pieza llena de pasión y nervio. Un club de jazz en París regentado por un ex pianista famoso que debe lidiar con las deudas y la mafia, se centra en sus personajes y sus contradicciones, una cámara en mano que recuerda los viejos clásicos de la nouvelle vague, y escenas musicales que erizan la piel. La serie recoge notablemente el hervidero social y multicultural que es París, sin caer en la condescendencia política. Tiene grandes personajes (André Holland está impecable como protagonista), un diseño de producción notable y una banda sonora de lujo.

Devs (HBO Go)

Ya conocíamos el sello de Alex Garland desde sus tiempos como guionista de Danny Boyle (Exterminio, Sunshine), y desde su inicio como director desarrolló temas en torno a una mirada dialéctica entre tecnología y humanidad, con toques existencialistas. Y es quizás con Devs, donde se le ve más afinado en sus preocupaciones. Un joven programador entra a trabajar a un misterioso centro tecnológico que parece haber dado con un descubrimiento que podría cambiar la percepción de la realidad y la historia. El tema es que desaparece misteriosamente y la serie discurre entre el thriller de suspenso y la reflexión sobre el hombre enfrentado a un estadio tecnológico que abre más interrogantes que certezas, en torno al mesiánico creador del centro. El tono que emplea Devs es sutilmente misterioso, en que nos impulsa a entrar en terrenos científicos poco tranquilizadores y más bien de un latente peligro por los excesos a donde nos puede llevar la tecnología. Y, por otro lado, explora la teoría determinista a través de una tragedia cuyo eco va creciendo en el relato y complejizando su idea sobre la libertad de elección y la causalidad de las acciones. Si bien puede verse como una serie pretenciosa y artística, explora una sensación de desasosiego que Garland sabe conducir de manera inquietante y paulatina, muy estilizada y que incluso cuestiona el omnipresente poder del conocimiento tecnológico.

Drácula (Netflix)

¿Qué nuevo puede decirse a estas alturas del caballero de la noche? Los creadores de la serie Sherlock, Mark Gatiss y Steven Moffat, logran superar a su conocida revisión de la obra de R. L. Stevenson, en esta sorprendente relectura del clásico de Bram Stoker en que sus bases se apegan al texto original para desde ahí deconstruirlo radicalmente, situando subtramas del libro en forma protagónica y recuperando el mito erótico y la crueldad que estaba en el original, agregándole un humor negro que ayuda a diversificar el mito de Drácula hacia terrenos más contemporáneos. En solo tres capítulos, la miniserie se torna bizarra y grotesca, sangrienta como pocas y quizás no apta para puristas, pero su esplendor gótico está notablemente preservado. Pero nada de esto tendría mayor sentido si es que su protagonista no brillara como lo hace el sueco Claes Bang, un Drácula en la senda de Christopher Lee y con un magnetismo sexual que es su rasgo más potente: atractivo y cínico, tremendamente actual en su malignidad y su desprecio a los humanos. 

Rey Tigre (Netflix)

Si hay un subgénero en Netflix que ha logrado ser “un sello de la casa”, es el de documentales sobre el lado más violento y perverso de la sociedad de Estados Unidos. Asesinos seriales, sociópatas, líderes religiosos y una variopinta galería de desadaptados, han revelado ese costado abyecto que resulta tan inquietantemente atractivo. De esta producción, Rey Tigre viene a ser como la indagación definitiva en un segmento de la sociedad que explica la ignorancia aterradora vulgaridad y fascismo que rodea a Donald Trump y quienes lo votaron. Joe Exotic es el dueño de un zoológico privado de felinos pero cuya verdadera motivación es ser una reconocida figura del espectáculo. O más bien, ha llevado su vida a ser un espectáculo decadente y exhibicionista donde abundan mutilados, dominación sexual disfrazado de “amor”, estafas, maltrato animal y condiciones laborales que lindan con la esclavitud. Exotic se muestra pletórico como figura pop, y la dimensión shakespereana del relato surge cuando aparece en escena su némesis, la dueña de una fundación de rescate de felinos en cautiverio. Ambos se enfrentan en una carnicería sin cuartel, revelando un odio visceral que es morbo en estado puro para el relato. Esa cultura white trash, de personajes desdentados, con tatuajes y escopetas, que se zambullen en el hedor mientras sueñan con fama y reconocimiento, es la poderosa alegoría de una sociedad que quiere verse progresista en sus orillas (la de California y el este neoyorkino), pero en cuyo centro inocula este mundo marginal e ignorante, aterrador en su fealdad y violencia. Quizás sin quererlo, sus realizadores construyeron a este fresco de vaqueros posmodernos de masculinidad titubeante, como espejo de un anhelo dislocado de fama y fortuna. A su manera, Rey Tigre fascina y asquea como reflejo de un país fracturado por sus excesos.

La conjura contra América (HBO Go)

Algunas de las mejores ficciones estadounidenses de base histórica del último tiempo, han orbitado en una mirada distópica para describir los rasgos evidentes de su sociedad. Desde El cuento de la criada a Watchmen, y pasando por Altered carbon, estos rasgos se vieron amplificados con la administración Trump y es La conjura contra América quien tomó ese relevo durante este año. Basada en la novela de Philip Roth, lo que ya demuestra lo complejo de la empresa, narra el ficticio triunfo de Charles Lindbergh sobre F.D. Roosevelt en las elecciones de 1940, y el auge del antisemitismo en EEUU. Su aliento clásico y espléndido diseño de personajes puede parecer muy convencional para estos tiempos, pero es su precisión narrativa y ritmo pausado el gran sustento para construir un fresco de las energías más oscuras de la sociedad estadounidense. Detrás de ella está el gran David Simon (autor de The wire y Treme), showrunner ajeno a modas y concesiones, quien hizo una de las series más políticas del año.

Gambito de dama (Netflix)

https://youtu.be/lbleRbyGKL4

La tormenta perfecta del éxito televisivo. Gambito de dama se convirtió en la serie más vista en la historia de Netflix (más de 62M de suscripciones la vieron) y el suceso se explica directamente por su historia, actuaciones, dirección de arte y todos los elementos puestos en juego. La historia de una niña huérfana y genia precoz para el ajedrez pudo haber sido la fórmula insufrible de una marginal y/o invisibilizada que logra el éxito, pero apuesta por un personaje complejo y hasta desagradable, llena de traumas y poca sensibilidad social, cuyo éxito depende en parte de sus adicciones, centrando su relato no en el buenismo político (la lectura feminista) sino que en la reivindicación casi vengativa ante las adversidades. Su ambientación, vestuario y fotografía es deslumbrante, y convierte además a la historia en una perfecta amalgama entre un gran guión y personajes, una progresión pausada y sostenida que se va cociendo a fuego lento y una actriz en estado de gracia (Anya Taylor-Joy).

Lovecraft country (HBO Go)

Uno de los grandes momentos del año fue esta serie de HBO Go basada en la novela de Matt Ruff que imaginó algo inimaginable: que del horror sobrenatural imaginado por H. P. Lovecraft, repleto de monstruos de origen cósmico y de maldad inenarrable, se podía construir un violento alegato antirracista que ponía la experiencia de la comunidad negra como un relato de horror, la vertiente ahora conocida como “black horror”. Y esto es porque Lovecraft era un supremacista convencido, cuyo pavor al “otro” apenas disimulaba un racismo campante. Desde ese imaginario, la serie producida por Jordan Peel (Huye), invierte ese horror en personajes negros que deben escapar del racismo más violento en la Massachussets de la década del 50, repleto además de terribles monstruos nocturnos. De cierta forma, la serie propone una nueva forma de mirar las relaciones raciales desde las convenciones del género de horror fantástico, abriendo nuevas capas políticas que sorprenden por la variedad de elementos que propone en sus capítulos.

Kingdom (Netflix)

Aclaremos de entrada que esta serie se estrenó en 2019, casi sin repercusión, y cuya segunda temporada en marzo de este año, supuso su real descubrimiento, razón para incluirla en esta lista. Se podría pensar sobre qué podría agregarle al lucrativo subgénero de zombis, florido en relatos apocalípticos y distopías varias. Pero esta serie coreana basada en el web comic Land of the gods, sorprende al ubicarse en la Corea feudal del medioevo (la dinastía Joseon), donde una plaga contagia en una noche a los campesinos y amenaza a los señores feudales. Su argumento es relativamente simple: el príncipe heredero del reino es obligado a ir en busca de los orígenes de la enfermedad y para averiguar de qué forma su padre fue contagiado. Las intrigas palaciegas en torno al poder es un barniz al tema de fondo: la brutal separación de las clases sociales, donde los pobres están contagiados y entregados a su suerte, mientras que la clase aristocrática se recluye en sus palacios. Tiene obvios ecos a “Juego de tronos”, pero Kingdom se lanza sin complejos a una narración de acción cuya maestría es sorprendente y cuya ambientación en decorados y vestuario es de altísimo nivel. Además, estos contagiados tienen una agilidad y velocidad letal y ese peligro constante está muy plasmado en secuencias de brillante ejecución.

El colapso (Filmin)

Dejo para el final a esta rareza francesa que se entrenó en su país a fines de 2019 y llegó a mediados de año a la plataforma española Filmin. Pese a que no se puede ver aún en Latinoamérica de manera oficial, está disponible en otras plataformas menos cristianas. Y la recomendación es verla cuanto antes porque se trata de una de las mejores series del año, un prodigio de tensión y concisión narrativa. Con ocho capítulos de 22 minutos en promedio, El colapso narra sin parafernalia lo que ocurriría si el sistema que nos rige se acaba de un momento a otro. Al decir sistema, me refiero a suministro de alimentos, combustible, agua potable, telecomunicaciones, dinero y un colapso ambiental definitivo. Lo que narra esta producción realizada por el colectivo Les parasites y exhibida originalmente por Canal +, no es la debacle de manera explícita, sino cómo la especie humana se enfrenta a la inminencia del fin y el comportamiento que adopta. Lanzada poco tiempo antes de la pandemia del Covid, anticipó varios de sus efectos y el comportamiento humano que se revela ante el peligro, y lo hizo desde los espacios más comunes al que nos enfrentamos de manera cotidiana: un supermercado, una comunidad rural, un asilo de ancianos, una gasolinera. Si esto ya es agobiante en su sentido de urgencia, el detalle genial es que la narración es un único plano secuencia que traduce la desesperación de personajes a quienes les respiramos en la nuca, literalmente. En la vereda opuesta a Black mirror, acá no hay excesos en los usos de la tecnología si no lo que ocurre cuando todo se ha derrumbado, cuando el hombre solo tiene su instinto de sobrevivencia como último recurso. Magistral.


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